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miércoles, 19 de marzo de 2008

Reforma desde los orígenes. Por Joseph Ratzinger. (Análisis explosivo del entonces Cardenal sobre la Iglesia).

Jesús de la Divina Misericordia.


Este fue un discurso que por su libertad impetuosa, dejó asombrados a todos: a los “progresistas”, por el “extremismo” del ortodoxísimo cardenal; a los “conservadores”, por sus críticas severas contra la burocracia, que esta vez alcanzaron incluso a la Curia romana. El 1 de septiembre de 1990, con ocasión de la celebración del Meeting para la Amistad entre los Pueblos –impulsado por el movimiento de Comunión y Liberación- en la ciudad italiana de Rímini, el Cardenal Ratzinger dio buena muestra de su espíritu anticonformista. El texto que publicamos fue leído ante diez mil personas, y en él, Ratzinger se pregunta: “¿Qué tipo de reforma podría hacer de la Iglesia una “compañía” que valga la pena ser vivida?”.


1. El descontento en la Iglesia

No se necesita mucha imaginación para darse cuenta de que la “compañía” a la que aludo aquí es la Iglesia.

Tal vez se evitó mencionar el término “Iglesia” en el título sólo porque provoca espontáneamente una reacción de defensa en la mayor parte de los hombres de nuestro tiempo. Estos piensan: “Hemos oído hablar de la Iglesia hasta la coronilla, y además no ha sido nada agradable”. La palabra y la realidad de la Iglesia se han desacreditado. Y por esta razón incluso una reforma permanente da la impresión de no cambiar nada. ¿O quizá el problema estriba en que hasta la fecha no ha sido descubierto qué tipo de reforma podría hacer de la Iglesia una “compañía” que valga la pena ser vivida?

Pero preguntémonos ante todo: ¿por qué la Iglesia resulta desagradable a tantas personas, e incluso a los creyentes, a personas que hasta hace poco podían ser consideradas entre las más fieles o que, aun sufriendo, lo siguen siendo todavía hoy? Los motivos son muy diversos y también opuestos, según el tenor de las posiciones. Algunos sufren porque la Iglesia se ha adecuado excesivamente a los parámetros del mundo actual; otros no ocultan su enfado porque todavía se mantiene extraña a este mundo. Para la mayoría de la gente el descontento con la Iglesia se manifiesta a partir de la constatación de que es una institución como tantas otras, y que como tal limita mi libertad. La sed de libertad es la forma mediante la cual hoy día se expresan el deseo de liberación y la percepción de no ser libre, de estar alienados. El anhelo de libertad aspira a una existencia que no esté limitada por algo ya dado y que me obstaculiza en mi desarrollo pleno, presentándome desde el exterior el camino que debo recorrer. Pero por todos lados chocamos contra barreras y bloqueos de calles de esta clase, que nos detienen y nos impiden ir adelante. De esta forma, las vallas que alza la Iglesia tienen un peso doble, pues penetran hasta la esfera más personal e íntima. Pero las normas de la vida de la Iglesia son muchos más que una simple regla de tráfico tendente a evitar los eventuales choques de la convivencia humana. Ellas tienen que ver con mi camino interior, y me dicen cómo debo comprender y configurar mi libertad. Me exigen decisiones, que no puedo tomar sin el dolor de la renuncia. ¿Acaso no quieren negarnos los frutos más hermosos del jardín de la vida? ¿No es cierto que con las restricciones producidas de tantas órdenes y prohibiciones nos ponen una barrera en el camino hacia un horizonte abierto? Y el pensamiento, ¿no lo obstaculizan en su grandeza, así como también la voluntad? ¿Tal vez la liberación tenga que ser necesariamente la salida de esta tutela espiritual? Y la única y verdadera reforma, ¿no sería la de rechazar todo esto? Pero entonces, ¿qué queda de esta “compañía”?

La amargura frente a la Iglesia presenta asimismo un motivo específico. En medio de un mundo gobernado por una disciplina dura y por constricciones inexorables, ahora y siempre se eleva hacia la Iglesia una esperanza silenciosa: ella podría representar en medio de esto una pequeña isla de vida mejor, un oasis de libertad en el que de cuando en cuando uno puede retirarse. La ira, o la desilusión, contra la Iglesia reviste un carácter completamente particular, porque se espera silenciosamente de ella mucho más que de las otras instituciones mundanas. En ella se debería realizar el sueño de un mundo mejor. O por lo menos se tendría que sentir el gusto de la libertad, el hecho de ser libres: ese salir de la caverna que mencionaba San Gregorio Magno, aludiendo a Platón.

Sin embargo, desde el momento en que la Iglesia se ha alejado concretamente de semejantes sueños, asumiendo también el aspecto de una institución y de todo lo que es humano, se alzan contra ella en una cólera muy amarga. Y esta cólera no puede desaparecer, porque no se puede extinguir ese sueño, se trata de una manera desesperada de transformarla según nuestros deseos: un lugar donde se puedan expresar todas las libertades, un espacio en el que caigan nuestros límites, donde se experimente esa utopía que tendrá que existir en alguna parte. Del mismo modo que en el campo de la acción política se querría construir finalmente un mundo mejor, así también se debería edificar finalmente una Iglesia mejor –quizá como la primera etapa del camino que lleva a aquél. Una Iglesia llena de humanidad, llena de sentido fraterno, de creatividad generosa, un lugar de reconciliación de todos y para todos.

2. Reforma inútil

Pero ¿de qué manera debería suceder esto? ¿Cómo se puede lograr una reforma semejante? Ahora bien, como se suele decir, de un modo u otro debemos comenzar. Suele decirse esto con la presunción ingenua del iluminado que está convencido de que las generaciones hasta ahora no han comprendido la cuestión, o que se han mostrado demasiado temerosas y poco inteligentes. Pero en este momento tenemos tanto la valentía como la inteligencia. Se debe obrar igualmente a pesar de la resistencia que puedan oponer a esta noble empresa los reaccionarios y los “fundamentalistas”. Existe una fórmula que arroja luz para el primer paso. La Iglesia no es una democracia. Por lo que se ve, ella no ha integrado aún en su constitución interna ese patrimonio de derechos a la libertad que la Ilustración elaboró y que desde entonces ha sido reconocido como regla fundamental de las formaciones sociales y políticas. Así pues, parece la cosa más normal del mundo recuperar de una vez para siempre lo que había sido abandonado y comenzar a erigir este patrimonio fundamental de estructuras de libertad. El camino conduce –como suele decirse- de una Iglesia paternalista y distribuidora de bienes a una Iglesia –comunidad. Se afirma que ya nadie debería recibir pasivamente los dones que caracterizan al cristiano. Por el contrario, todos deben llegar a ser operadores activos de la vida cristiana. La Iglesia ya no debe descender desde lo alto. ¡No! Somos nosotros los que “hacemos” la Iglesia, y cada vez la hacemos nueva. Así llegará a ser finalmente “nuestra” Iglesia, y nosotros sus activos sujetos responsables. El aspecto pasivo deja lugar al activo. La Iglesia surge a través de discusiones, acuerdos y decisiones. En el debate emerge lo que todavía hoy se requiere, lo que todavía hoy puede ser reconocido por todos como pertenecientes a la fe o como línea moral directiva. Se elaboran nuevas “fórmulas de fe” abreviadas. En Alemania, en un nivel bastante elevado, se ha dicho que tampoco la liturgia tiene que corresponder a un esquema dado previamente, sino que debe surgir a partir de una determinada situación y por obra de la comunidad para la cual es celebrada. Tampoco ella tiene que ser alto autónomo, algo que sea expresión de quienes participan. En este camino se revela como un obstáculo la palabra de la Escritura, a la cual no se puede renunciar del todo. Hay que afrontarla, pues, con mucha libertad de elección. Pero no son muchos los textos que se pueden adaptar sin problemas a esta autorrealización, a la cual la liturgia ahora parece estar destinada.

Pero en esta obra de reforma en la que la “autoadministración” de la Iglesia debe sustituir al hecho de ser guiados por otros, pronto se plantean algunos interrogantes. ¿Quién tiene aquí propiamente el derecho de tomar las decisiones? ¿Con qué fundamentos se hace esto? En la democracia política se responde a este interrogante con el sistema de la representación: en las elecciones los individuos eligen a sus representantes, que toman las decisiones por ellos. Este cargo no sólo tiene un límite temporal, sino que además está circunscrito desde el punto de vista de su contenido por el sistema de partidos, y comprende sólo a los sectores de la acción política que la Constitución asigna a las entidades representativas.

También a este respecto existen algunas cuestiones: la minoría debe plegarse a la mayoría, y esta minoría puede ser muy grande. Por otra parte, no siempre está garantizado que el representante que yo elijo obre y se exprese verdaderamente como yo quiero, de manera que la mayoría victoriosa, viendo las cosas con mayor atención, no se considere completamente como sujeto activo del acontecimiento político. Al revés, tiene que aceptar las “decisiones que los otros toman”, al menos para no poner en peligro el sistema político.

Pero más importante para nuestra cuestión es un problema general: todo lo que los hombres hacen, pueden ser anulado por otros; todo lo que proviene de un gusto humano, puede no agradar a otros, y todo lo que una mayoría decide, puede ser abrogado por otra mayoría. Una Iglesia cuyos fundamentos se apoyan en las decisiones de una mayoría, se transforma en una Iglesia puramente humana. Se reduce al nivel de lo que es factible y plausible, de todo cuanto es fruto de su propia acción y de sus propias intuiciones u opciones. La opinión sustituye a la fe. Y de hecho en las fórmulas de fe originadas autónomamente que yo conozco, el significado de la expresión “credo” no va más allá del significado de “nosotros pensamos”. La Iglesia edificada con sus propias fuerzas tiene a fin de cuentas el sabor del “ellos mismos”, que a los otros “ellos mismos” jamás les ha sentado bien y que muy pronto pone de manifiesto su pequeñez. La Iglesia se ha retirado al ámbito de lo empírico, y así se ha disuelto también como ideal soñado.

3. La esencia de la Reforma verdadera

El activista, el que quiere construir todo por sí mismo, es lo opuesto del que admira –el “admirador”-. Restringe el área de su propia razón, y por eso pierde de vista el Misterio. Cuanto más se extiende en la Iglesia el ámbito de las cosas decididas y hechas autónomamente, tanto más angosta se convierte para todos nosotros. En ella la dimensión grande, liberadora, sino por lo que nos es donado. Se trata de algo que no procede de nuestro querer y de nuestro inventar, sino que nos precede, es algo inimaginable que viene a nosotros, algo que “es más grande que nuestro corazón”. La reformatio, que es necesaria en todas las épocas, no consiste en el hecho de que podamos modelar cada vez “nuestra” Iglesia como más nos apetece, sino en el hecho de que siempre nos deshacemos de nuestras propias construcciones de apoyo a favor de una luz purísima que viene desde lo alto y que es al mismo tiempo la irrupción de la libertad pura.

Permitidme decir con una imagen lo que yo comprendo, una imagen que he encontrado en Miguel Ángel, quien retoma en esa perspectiva antiguas concepciones místicas y filosóficas cristianas. Con la mirada del artista, Miguel Ángel veía ya en la piedra que tenía ante sus ojos la imagen-guía que esperaba secretamente ser liberada y sacada a la luz. La tarea del artista, en su opinión, consistía sólo en quitar lo que aún cubría a la imagen. Miguel Ángel concebía la acción artística auténtica como un sacar a la luz, un poner en libertad, no como un hacer.

En la misma idea, pero aplicada a la esfera antropológica, se hallaba ya en san Buenaventura, quien explica el camino por el cual el hombre llega a ser él mismo, estableciendo una comparación con el tallista de imágenes, es decir, el escultor. El escultor no hace algo, dice el gran teólogo franciscano. Su obra es, en cambio, una ablatio: consiste en eliminar, en tallar lo que es inauténtico. De esta forma, mediante la ablatio, sale a la superficie la nobilis forma, o sea la figura preciosa. Así también el hombre, para que resplandezca en él la imagen de Dios, debe acoger principalmente la purificación por medio de la cual el escultor, es decir, Dios, le libera de todas las escorias que oscurecen el espacio auténtico de su ser y que le hacen parecer como un bloque de piedra bruto, cuando, por el contrario, habita en él la forma divina.

Si entendemos exactamente esta imagen, podemos encontrar en ella incluso el modelo guía para la reforma eclesial. Desde luego la Iglesia tendrá necesidad siempre de nuevas estructuras humanas de apoyo, con el objeto de poder hablar y obrar en cualquier época histórica. Estas instituciones eclesiales, con sus respectivas configuraciones jurídicas, lejos de ser algo malo, son simplemente necesarias e indispensables. Pero envejecen, y entonces corren el riesgo de presentarse como algo esencial, apartando la atención de todo lo que es verdaderamente esencial. Y por esta razón ha de ser retiradas siempre, como si fueran andamiajes superfluos. La reforma es siempre una ablatio: un quitar, para que se haga visible la nobilis forma, el rostro de la Esposa, y junto con él también el del Esposo, el Señor vivo.

Semejante ablatio, semejante “teología negativa” representa una vía hacia una meta positiva. Sólo así penetra lo Divino y sólo así surge una congregatio, una asamblea, una reunión, una purificación, esa comunidad pura que anhelamos; una comunidad en la que un “yo” ya no está contra otro “yo”, un “él mismo” contra otro “él mismo”. Es más bien ese darse, ese fiarse que forma parte del amor, el que se convierte en un recibir recíproco de todo el bien y de todo lo que es puro. Así pues, para cada uno tiene valor la palabra del Padre generoso, que recuerda al hijo mayor envidioso todo lo que constituye el contenido de cualquier libertad y de cualquier utopía realizada: “Todo lo mío es tuyo” (Lc. 15, 31; Cfr. Jn. 17,1).

La reforma verdadera es, pues, una ablatio, que como tal se transforma en congregatio. Tratemos de precisar esta idea de fondo. En un primer intento hemos contrapuesto el admirador al activista, y nos hemos expresado a favor del primero. Pero ¿qué es lo que evidencia esta contraposición? El activista, el que siempre quiere hacer, pone la propia actividad por encima de todo. Esto restringe su horizonte a la esfera de lo factible, de lo que puede convertirse en su objeto de su hacer. Hablando con propiedad, ve únicamente objetos. No está en condiciones de percibir lo que es más grande que él, porque esto pondría un límite a su actividad. Recorta el mundo según lo que es empírico. El hombre queda amputado. Con sus propias manos el activista se construye una prisión contra la cual protesta después a voz de grito.

Al contrario, el estupor auténtico es un “no” a la limitación de lo que es empírico, a lo que no es el más allá. El asombro prepara al hombre para el acto de fe, le abre al horizonte del Eterno. Sólo lo que carece de límites es suficientemente amplio para nuestra naturaleza, sólo lo ilimitado es adecuado a la vocación de nuestro ser.

Cuando este horizonte desaparece, todo residuo de libertad se convierte en algo muy pequeño y todas las liberaciones, que como consecuencia se pueden proponer, son un sucedáneo insípido que nunca satisface. La primera y fundamental ablatio, que es necesaria para la Iglesia, es siempre el acto de fe mismo. Ese acto de fe que rompe las barreras de lo finito y abre el espacio para llegar hasta lo ilimitado. La fe nos conduce “lejos, a tierras ilimitadas”, como dicen los salmos. El moderno pensamiento científico nos ha encerrado cada vez más en la cárcel del positivismo, condenándonos de este modo al pragmatismo. Gracias a él se pueden lograr muchas cosas: se puede viajar a la luna, y más todavía, hacia la infinitud del cosmos. Con todo, uno está siempre en el mismo punto, pues la verdadera frontera, la frontera de lo cuantitativo y de lo factible no se supera. Albert Camus ha descrito lo absurdo de esta forma de libertad en la figura del emperador Calígula: tiene todo a su disposición, pero cada cosa le resulta pequeña. En su ansia por tener cada vez más, y cosas más grandes, grita: “¡Quiero tener la luna, dadme la luna!”. Ahora también para nosotros ha llegado a ser posible tener de alguna manera la luna. Pero hasta que no se abra la verdadera frontera entre el cielo y la tierra, entre Dios y el mundo, también la luna será un trozo de tierra, y llegar a ella no nos acercará ni siquiera un paso más hacia la libertad y a la plenitud que anhelamos.

La liberación fundamental que la Iglesia puede darnos consiste en estar en el horizonte de lo Eterno, en el salir de los límites de nuestro saber y de nuestro poder. La fe misma, en toda su grandeza y amplitud, es por esta razón la reforma siempre nueva y esencial de que tenemos necesidad; a partir de ella debemos poner a prueba las instituciones que en la Iglesia nosotros mismo hemos construido. Esto significa que la Iglesia debe ser el puente de la fe y que ella –especialmente en su vida asociativa intramundana- no puede llegar a ser un fin en sí misma. Está muy difundida hoy día, incluso en ambientes religiosos, la idea de que una persona es tanto más cristiana cuanto más está comprometida en la actividad eclesial. Se impulsa hacia una especie de terapia eclesiástica de la actividad, del hacer: se trata de asignar a cada uno un comité, o, por lo menos un compromiso en el interior de la Iglesia. Así se piensa, en cierto modo, que debe existir una actividad eclesial, se debe hablar de la Iglesia o se debe hacer algo por ella o en ella. Pero un espejo que se refleja a sí mismo deja de ser un espejo; una ventana que en lugar de permitir una mirada libre hacia el horizonte lejano se pone como una pantalla entre el observador y el mundo, ha perdido su sentido. Puede suceder que alguien se dedique ininterrumpidamente a actividades asociativas eclesiales y ni siquiera sea cristiano. Puede suceder que algo viva sólo de la Palabra y del Sacramento y ponga en práctica el amor que proviene de la fe, sin haber integrado jamás un comité eclesiástico, sin haberse ocupado nunca de las novedades de política eclesiástica, sin haber formado parte de sínodos y sin haber votado en ellos, y a pesar de todo sea un cristiano auténtico. No tenemos necesidad de una Iglesia más humana, sino de una Iglesia más divina; sólo entonces ella será verdaderamente humana. Y por eso todo lo que es hecho por el hombre en el seno de la Iglesia ha de ser reconocido como algo hecho en la única perspectiva del servicio. La libertad, que esperamos con razón de la Iglesia y en la Iglesia, no se realiza por el hecho de que introduzcamos en ella el principio de la mayoría. Ella no depende del hecho de que la mayoría prevalezca sobre la minoría, aunque ésta sea exigua. Depende, por le contrario, del hecho de que ninguno puede imponer su propia voluntad a los otros, aunque todos se reconozcan ligados a la palabra y a la voluntad del Único, que es nuestro Señor y nuestra libertad. En la Iglesia la atmósfera se enardece y se vuelve sofocante si los encargados del ministerio olvidan que el Sacramento no es una repartición de poder, sino la expropiación de mí mismo a favor de El, en cuya persona debo hablar y obrar. Cuando a la mayor responsabilidad corresponde una mayor autoexpropiación, ninguno es esclavo del otro; domina el Señor, y por eso vale el principio de que “el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

Cuantos más aparatos construyamos, aunque sean los más modernos, tanto menos espacio hay para el Espíritu, tanto menos espacio hay para el Señor, y tanto menor es la libertad. Pienso que deberíamos comenzar, desde este punto de vista, un examen de conciencia sin reservas en todos los niveles de la Iglesia. En todos los niveles este examen de conciencia debería producir consecuencias muy concretas y traer aparejadas una ablatio que deje transparentar nuevamente el rostro auténtico de la Iglesia. Este podría volver a darnos el sentido de la libertad y del encontrarse en la propia casa de una manera completamente nueva.

4. Moral, perdón y expiación: el centro personal de la reforma

Miremos un momento, antes de proseguir, todo lo que hemos sacado a la luz hasta aquí. Hemos hablado de una doble acción de “quitar”, de un acto de liberación, que es doble: de purificación y de renovación. Antes el discurso había abordado el problema de la fe, que destruye el muro de lo finito y libera la mirada sino también el camino. En efecto, la fe no es sólo reconocer sino también obrar; no sólo una fractura en el muro, sino también una mano que nos salva, que nos saca de la caverna. Hemos llegado a la conclusión de que, en relación con las instituciones, el orden esencial de la Iglesia tiene necesidad de nuevos desarrollos concretos y de configuraciones concretas –de manera que su vida se pueda desarrollar en un tiempo determinado-, pero que estas configuraciones no puedan convertirse en la cosa más importante. La Iglesia no existe para tenernos ocupados como cualquier otro tipo de asociación intramundana y para conservarse con vida ella misma; la Iglesia existe a fin de llegar a ser para todos nosotros la entrada en la vida eterna.

Ahora tenemos que dar otro paso y aplicar todo esto no ya a un nivel genérico y objetivo como hasta aquí, sino al ámbito personal. En la esfera personal también es necesario un “quitar” que nos dé la libertad. En el plano personal no siempre la “forma preciosa”, es decir la imagen de Dios, salta a la vista. La primera cosa que vemos es la imagen de Adán, la imagen del hombre no destruido completamente, pero de todos modos decaído. Vemos el polvo y la suciedad que se han posado sobre la imagen. Todos nosotros necesitamos al verdadero Escultor, que quita lo que empeña la imagen; necesitamos el perdón, que es el núcleo de toda verdadera reforma. No es una casualidad que en las tres etapas decisivas de la formación de la Iglesia que relatan los Evangelios, el perdón de los pecados haya tenido una función de primer orden.

Si leemos con atención el Nuevo Testamento, descubrimos que el perdón no tiene en sí mismo nada de mágico; pero tampoco es un fingir olvidar, no es un “hacer como si no”, sino que es un proceso de cambio completamente real, como el que desarrolla el Escultor. Quitar la culpa significa verdaderamente remover algo. El acontecimiento del perdón se manifiesta en nosotros por medio de la penitencia. En este sentido el perdón es un proceso activo y pasivo: la potente palabra creadora de Dios obra en nosotros el dolor del cambio y llega a ser así un transformarse activo. Perdón y penitencia, gracia y conversión personal no están en contradicción, sino que son dos aspectos del único e idéntico acontecimiento. Esta fusión de actividad y pasividad expresa la forma esencial de la existencia humana. En efecto, nuestro crear empieza con el ser creados, con nuestro participar en la actividad creadora de Dios.

Aquí hemos llegado a un punto verdaderamente central: creo que el núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el oscurecerse de la gracia del perdón. Pero notemos antes el aspecto positivo del presente: la dimensión moral comienza nuevamente, poco a poco, a ser tenida en consideración. Se reconoce, es más, ha llegado a ser algo evidente, que todo progreso técnico es discutible y en última instancia destructivo, si no le corresponde un crecimiento moral. Se reconoce que no hay verdadera reforma del hombre y de la humanidad sin una renovación moral. Pero la moralidad se queda finalmente sin energías, pues los parámetros se escoden en una niebla densa de discusiones. El hombre no puede soportar la moral pura y simple, no puede vivir sin ella: ella se convierte para él en una “ley”, que provoca el deseo de contradecirla y genera el pecado. Por eso cuando el perdón, el verdadero perdón pleno de eficacia no es reconocido y no se cree en él, la moral ha de ser marcada de modo tal que las condiciones de pecado para cada hombre no puedan producirse. Genéricamente es posible afirmar que la actual discusión sobre la moral tiende a liberar a los hombres de la culpa, haciendo que no presenten nunca las condiciones de dicha posibilidad. Viene a mi mente la frase mordaz de Blaise Pascal: “Ecce patres, qui tollunt percata mundi!”. Según estos “moralistas”, ya no existe la culpa.

Está claro que esta forma de liberar al hombre de la culpa tiene un costo muy barato. Los hombres liberados del pecado de esta forma saben muy bien dentro de ellos que esto no es verdad, que el pecado existe, que ellos mismos son pecadores y que debe existir un modo efectivo de superar el pecado. Jesús no llama a quienes ya se han liberado del pecado con sus propias fuerzas y que por esta razón consideran que no tienen necesidad de Él, sino que llama a quienes se reconocen pecadores y que por tanto tienen necesidad de Él.

La moral conserva su seriedad sólo si existe el perdón, un perdón real, eficaz; de lo contrario, es sólo una pura potencialidad. Pero el verdadero perdón existe si existe el “precio de la compra”, el “equivalente en el cambio”, si la culpa fue expiada, sí existe la expiación. La circularidad que existe entre “moral-perdón-expiación” no se puede fragmentar: si falta un elemento desaparece el resto. De la existencia indivisible de este círculo depende que haya rendición o no para el hombre. En la Torá, en los cinco libros de Moisés, estos tres elementos están entrelazados indivisiblemente y no es posible separar este centro compacto del canon del Antiguo Testamento, siguiendo un criterio de la Ilustración, del resto de la historia pasada. Esta modalidad moralista de actualización del Antiguo Testamento termina necesariamente fracasando; justamente en este punto radicaba el error de Pelagio, que hoy tiene más seguidores de lo que parece. Jesús, por el contrario, cumplió con la Ley, no sólo con una parte de ella, y de este modo la renovó desde la base. El mismo, que padeció expiando todos los pecados, es expiación y perdón a la vez, y por ende la base única, segura y siempre válida de nuestra moral.

No se puede separar la moral de la cristología, porque no se puede separar de la expiación y del perdón. En Cristo toda la Ley se cumplió; de ahí que la mora se haya convertido en una exigencia verdadera y factible para todos nosotros. A partir del núcleo de la fe se abre así cada vez más la vía de la renovación para cada uno de nosotros, para la Iglesia en su conjunto y para la humanidad.

5. El sufrimiento, el martirio y la alegría de la Redención

Habría mucho que decir sobre esto, pero intentaré presentar brevemente y a modo de conclusión, el aspecto que en nuestro contexto me parece más importante. El perdón y su realización en mí, a través del camino de la penitencia y del seguimiento de Cristo, es en primer lugar el centro completamente personal de cualquier tipo de renovación. Pero porque el perdón concierne a la persona en su núcleo más íntimo, es capaz de reunir a cada una de las personas y también es el centro de la renovación de la comunidad. Si. se van de mí el polvo y la suciedad, que impiden reconocer la imagen de Dios, entonces yo llego a ser verdaderamente semejante al otro, que también es imagen de Dios, por encima de todo, llego a ser semejante a Cristo, que es la imagen de Dios sin límites, el modelo según el cual todos nosotros hemos sido creados. Pablo expresa este proceso en términos muy drásticos: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Se trata de un proceso de muerte y de nacimiento. Yo soy quitado de mi aislamiento y soy recibido en una nueva comunidad-sujeto; mi "yo" se ha injertado en el "yo" de Cristo, y de este modo se ha unido al de todos mis hermanos. Sólo a partir de esta profundidad de renovación de cada uno nace la Iglesia, nace la comunidad que une y sostiene en la vida y en la muerte. Sólo cuando tomamos en consideración todo esto, vemos la Iglesia en su justo orden de grandeza.

La Iglesia no es sólo el pequeño grupo de los activistas que se encuentran juntos en un cierto lugar para comenzar una vida comunitaria. La Iglesia no es ni siquiera la multitud que los domingos se reúne para celebrar la Eucaristía. Por último, la Iglesia es más que el Papa, los obispos y los sacerdotes, que todos aquellos que están investidos del ministerio sacramental. Todos estos que hemos nombrado forman parte de la Iglesia, pero el radio de la "compañía", en la que entramos mediante la fe, va más allá, va incluso más allá de la muerte. De ella forman parte todos los santos, desde Abel y Abrahán y todos los testigos de la esperanza de que habla el Antiguo Testamento, pasando por María, la Madre del Señor, y sus apóstoles, por Thomas Becket y Tomás Moro, hasta Maximiliano Kolbe, Edith Stein y Piergiorgio Frassati. De ella forman parte todos los desconocidos y los no nombrados, cuya fe nadie conoció, salvo Dios; de ella forman parte los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, cuyo corazón, esperando y amando, tiende hacia Cristo, "el que inicia y consuma la fe", como le llama la Carta a los Hebreos (12, 2). No son las mayorías ocasionales que se forman aquí o allá en el seno de la Iglesia las que deciden su camino o el nuestro. Los santos son la mayoría verdadera y determinante según la cual nos orientamos. ¡Nos atenemos a ella! Ellos traducen lo divino en lo humano, lo eterno en el tiempo. Ellos son nuestros maestros de humanidad, que no nos abandonan ni siquiera en el dolor y en la soledad, es más, en la hora de nuestra muerte caminan junto a nosotros.

Aquí tocamos un aspecto sumamente importante. Una visión del mundo que no pueda dar un sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor sólo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos.

En la comunión con Cristo el dolor llega a adquirir su significado pleno, no sólo para mí mismo, como proceso de la ablatio en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo "ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24). Thomas Becket que junto con el Admirador y Einstein (alusión al título del Mitin para la Amistad entre los Pueblos celebrado el pasado mes de septiembre) nos ha guiado en la reflexión de estos días, nos alienta ahora a dar un último paso. La vida más allá de nuestra existencia biológica. Donde ya no hay motivo por el que valga la pena morir, tampoco la vida vale la pena. Donde la fe nos ha abierto la mirada y nos ha hecho el corazón más grande, he aquí que adquiere toda su fuerza de iluminación otra frase de San Pablo: "Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos" (Rm 14, 7-8). Cuanto más estemos radicados en la "compañía" con Jesucristo y con todos aquellos que pertenecen a Él, tanto más nuestra vida será sostenida por la confianza irradiante, a la que una vez más alude San Pablo: "Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Ro 8, 38-39).

Queridos amigos: ¡Hemos de dejarnos llenar por esta fe! Pues la Iglesia crecerá como comunión en el camino hacia y dentro de la vida verdadera y se renovará día tras día. Se transformará en una casa más grande, con muchísimos aposentos: y la multiplicidad de los dones del Espíritu podrá obra en ella. Entonces veremos " ¡qué bueno, qué dulce (es) habitar los hermanos todos juntos!... Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión: allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre" (Sal 133, 1.3).

viernes, 19 de octubre de 2007

LA SALVACIÓN FUERA DE LA IGLESIA.





¿Fuera de la Iglesia no hay salvación?


Aun quienes sólo conocen de la Iglesia católica apenas más que su nombre han oído de ordinario alguna vez que ella se designa a sí misma como «la única que salva»; para quienes han entrado en contacto más estrecho con la Iglesia y la teología no es raro tampoco que tras esa frase simplificadora se esconda una proposición
-negativamente formulada- que se remonta hasta la antigüedad cristiana: Extra ecclesiam nulla salus = fuera de la Iglesia no hay salvación. De la solicitud por la salvación de los no cristianos o de los no católicos, que hubo de producir originariamente esta proposición, ha surgido entretanto una pregunta a la Iglesia misma y una preocupación por la legitimidad de su fe. A la conciencia moderna se le impone con tan elemental energía la certeza de la misericordia divina, aun más allá de las fronteras de la Iglesia jurídicamente constituida, que eso ya no puede representar problema alguno. Pero en tal caso se hace tanto más problemática una Iglesia que, durante más de milenio y medio, no sólo ha tolerado la pretensión de la exclusiva de salvación, sino que la
ha erigido en elemento esencial de la manera de entenderse a sí misma y parece haberla hecho una parte de su misma fe.


Si esta pretensión cae -y nadie la esgrime ya en serio-, parece ponerse en tela de juicio la Iglesia misma. El problema, por lo demás, queda en pie aun cuando se prescinda de la forma específica del pensamiento católico romano con su identificación de la Iglesia visible,
constituida y congregada en torno al papa, porque, aun independientemente de eso, entra desde el principio en la esencia de la fe cristiana que ésta se entienda como el único acceso a la salvación dispuesto por Dios. La sola fides, que de alguna forma se encuentra desde luego en las cartas paulinas, no significa sólo un descanso y simplificación frente a la insoportable variedad de la piedad leguleya: «La mera fe basta», sino que incluye también una exigencia y un imperativo: Sólo la fe basta. La fe cristiana se ha presentado desde el principio como pretensión universal, con la que se ha enfrentado al mundo de todas las religiones. El lema de la salvación exclusiva en la Iglesia es sólo la concreción eclesial de tal pretensión, resultando ya desde el siglo II de la concreción eclesial de la fe. Sin esta pretensión de universalidad, la fe cristiana no sería ella misma; pero cabalmente esa pretensión parece estar definitivamente superada.


Así, la discusión mantenida desde hace algunos decenios con creciente viveza sobre la salvación fuera de la Iglesia se distingue por su orientación especifica del problema que en generaciones anteriores originó el salus extra... La cuestión primaria no es ya la salud eterna
de los otros, cuya posibilidad en principio es cierta sin discusión posible; el problema realmente capital es más bien cómo haya todavía de entenderse, ante esa certidumbre que no puede rechazarse, la pretensión absoluta de la iglesia y de su fe. Pero si ello es así, si, en otras palabras, el problema real de la antigua proposición cristiana no se dirige ya a los de fuera, sino primeramente a nosotros, en tal caso no bastan ya las teorías sobre la salvación de los otros por ingeniosas que sean. En tal caso hay que plantear más bien la cuestión de si aquella pretensión histórica es compatible con nuestra conciencia de hoy; hay que poner en claro cómo puede la fe permanecer fiel a sí misma al haber cambiado las condiciones. Está sobre el tapete la identidad esencial de la fe de entonces y la de hoy y, por ende, la posibilidad en general de seguir siendo de manera sincera un creyente cristiano dentro de la Iglesia católica. No puede decirse, a despecho de los muchos estudios, en parte realmente valiosos sobre nuestro tema, que el problema haya sido examinado en toda su agudeza. Tampoco el esbozo siguiente puede naturalmente tener semejante pretensión. Sólo intentará aportar algunos elementos al común coloquio para ayudar a con que hoy se nos plantea el problema, nuevos puntos de vista.

I. DESARROLLO HISTÓRlCO DE LA DOCTRINA
Hugo Rahner ha llamado la atención sobre el hecho de que las raíces de la fórmula posterior: «Fuera de la Iglesia no hay salvación», se remontan al pensamiento del judaísmo tardío. El punto de enlace, que resultó también decisivo en la teología cristiana para el desenvolvimiento de la idea, lo forma el relato sobre la salvación de Noé del diluvio en que pereció todo lo demás bajo las aguas (cf. en el Nuevo Testamento 1 Pe 3,20s). La teología del judaísmo tardío ve en la salvación de solo Noé y su familia en medio de la catástrofe del resto de la humanidad un símbolo de la salvación del resto santo de Israel. El libro de la Sabiduría subraya en este punto un rasgo, que necesariamente había de estimular el posterior pensamiento de los teólogos cristianos: la salvación del pequeño resto comunitario se logró con el arca de madera: "La sabiduría salvó a la tierra, conduciendo al justo en un leño desdeñable» (Sab 10,4); la esperanza del mundo descansó en una tabla de madera. En el capítulo XIV brota de esta idea un grito de alabanza al mísero madero quo procuró la salvación en medio de la catástrofe universal: «Bendito sea el leño, por el que nos viene la justificación» (14,7). Para los santos padres se alza aquí la imagen de aquel madero, del que el cristiano espera la salvación y la gracia. El madero de la cruz viene a ser tabla salvadora, a la que puede asirse el hombre en medio del naufragio de la humanidad. El mísero madero de la cruz es la viga que salva en medio de la catástrofe universal.


En el Nuevo Testamento no se expresa en ninguna parte la exclusividad de salvación en la Iglesia, pero sí que se ponen las bases para el posible desarrollo de la idea. Recordemos dos textos en que aparece directamente el aspecto de la exclusividad. El llamado final de
Marcos, cuya autenticidad se discute (16,16), transmite como palabra del Señor resucitado la proposición siguiente: «El que creyere y se bautizare se salvará; el que no creyere, se condenará». La exclusividad de salvación por la fe, que aquí se expresa drásticamente, la
proclaman los Hechos de los Apóstoles como vinculada al nombre de Jesús: «No hay salvación en otro, porque no ha sido dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, en que puedan salvarse» (Act 4,12). Si quisiéramos dar una historia completa del axioma: «Fuera de la Iglesia no hay salvación», habría que mostrar cómo la idea continúa
desenvolviéndose en Ignacio de Antioquía y en Ireneo hasta llegar a una formulación clara y casi simultánea en oriente y occidente, en Orígenes y en Cipriano.


I/CASA-RAMERA:I/SANTA-PECADORA:El texto correspondiente se encuentra en Orígenes, en la tercera homilía sobre Jesús, que sólo se nos ha conservado en la traducción latina de Rufino; el texto fue una vez más reelaborado en el siglo VI, pero todavía puede reflejar con
suficiente claridad el razonamiento de •Orígenes. Medita el intérprete alejandrino sobre lo que se cuenta de los exploradores israelitas, que en una exploración secreta sobre Jericó tenían que comprobar la mejor manera de conquistar la ciudad. Los exploradores hallaron escondrijo en casa de una ramera -por nombre Rahab- a la que prometen como pago de su ayuda perdonar su casa, que debería distinguirse por una cuerda roja colgando, en la proyectada destrucción total de la ciudad.


Así se hizo efectivamente: «Después abrasaron la ciudad y cuanto en ella había..., pero Josué salvó la vida a Rahab, la ramera, y a toda la familia de su padre... (/Jos/06/24s).
Orígenes que lee el Antiguo Testamento a la luz de la fe cristiana y viendo una descripción anticipada de la misma en los símbolos de la historia de Israel, se plantea la cuestión de ¿Dónde está esa «casa de la ramera», única que procura la salvación en medio de la catástrofe de Jericó, es decir, del mundo? ¿Cuál es la casa con el hilo rojo de púrpura, que es signo de la salvación? La respuesta no puede ser dudosa. Esa casa es la Iglesia que, como Iglesia venida de los gentiles, fue antaño ramera, se prostituyó con los ídolos de este mundo y ahora, por la misericordia de Cristo, de ramera se ha hecho virgen, Iglesia, cuya casa ofrece seguridad. De este modo, la interpretación del acontecimiento de Josué se convierte inmediatamente en un reto para los contemporáneos de Orígenes, sobre todo para los judíos que poseen el Antiguo Testamento y deben aprender a entenderlo como llamamiento a la Iglesia y no sólo como recuerdo de su propia historia:


«Quien de ese pueblo quiera salvarse, venga a esta casa para alcanzar la salvación. Venga a la casa en que está la sangre de Cristo como signo de redención... Nadie, pues, se forje ilusiones, nadie se engañe a sí mismo. Fuera de esta casa, es decir, fuera de la Iglesia, no se salva nadie. Pero si alguien se sale de ella, él mismo es culpable de su muerte». En el fragmento citado resuena también la orientación cristológica que Orígenes da a su interpretaci6n de tipo eclesial: el «hilo rojo» que ofrece la garantía decisiva para que no se destruya la casa, es la sangre de Cristo, único de quien tiene la Iglesia su salvación en medio de la catástrofe del mundo. La sangre de Cristo es verdaderamente el «hilo rojo», que señala el camino a lo largo de la historia universal.


Notemos todavía un bello rasgo en la exposición de Orígenes, que se pregunta por qué el hilo se cuelga de la ventana y se responde: sólo por la ventana de la encarnación miramos dentro de la luz de la divinidad; sólo así se abre a nuestra mirada una rendija para darnos el signo que señala el camino.


Puede naturalmente despacharse todo esto como un juego, pero así no se hace justicia a la lógica interna del texto ni a su profundidad teológica. No podemos desarrollar con detalle este punto, sino que hemos de limitarnos a saber qué significa aquí lo que se dice de la "exclusividad de salvación" en la "casa" de la Iglesia, en el momento en que esta tesis se formula por vez primera expresamente en la historia.
Aun cuando las quiebras en la tradición textual de que hemos hablado antes dificulten un juicio inequívoco, puede reconocerse con claridad la parte decisiva. Para Orígenes se trata esencialmente de una parénesis a los judíos, a quienes grita: No os engañéis; creéis que tenéis el Antiguo Testamento y que eso basta. En realidad necesitáis también de la sangre de Cristo. También para vosotros es lugar indispensable de salud la casa de la ramera despreciable, llena de ídolos y abominación, la Iglesia venida de los gentiles, que por la sangre del Señor ha venido a ser su esposa. Por donde se ve que Orígenes no ha querido para nada desarrollar una teoría sobre la salvación del mundo y la perdición de los no cristianos; intenta simplemente dirigir un llamamiento a los que se aferran al Antiguo Testamento y creen que no necesitan de la ayuda de Jesucristo para salvarse. Para Orígenes se trata, si se quiere, de un trozo de diálogo cristiano-judío y no de una disquisición teórica sobre quién vaya al cielo y quién al infierno. La afirmación sólo tiene sentido en el diálogo, en el empeño de llamar aquí y ahora a los hombres para que no crean encontrar la salud eterna en el servicio de la ley, sino que aprendan a confiar únicamente en la sangre de Cristo que los sostiene. Apenas será menester observar que el propio Orígenes, que tan dramáticamente sabía llamar a los hombres a la Iglesia, estaba muy lejos de una teoría sobre la condenación de la mayor parte de la humanidad.
Algo más tarde, a mediados del siglo III, formuló •Cipriano-san en occidente la misma idea partiendo de un contexto completamente distinto y, por tanto, también en otra dirección. En su obra sobre la unidad de la Iglesia dice: "La esposa de Cristo no puede cometer adulterio, es incorruptible y púdica. Sólo conoce una casa, guarda con casto pudor la santidad de un solo lecho. Ella nos guarda para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que engendra. El que se separa de la Iglesia y se une a una adúltera se aparta de las promesas de la Iglesia, y no alcanzará los premios de Cristo, quien abandona a la Iglesia de Cristo. Es un extraño, un profano, un enemigo. No puede tener a Dios por padre quien no tenga a la Iglesia por madre. Si pudo escapar alguno que estuviera fuera del arca de Noé, escapará también quien estuviere fuera de la Iglesia... Quien rompe la paz y la concordia de la Iglesia, obra contra Cristo, quien recoge fuera de la Iglesia, dispersa a la Iglesia de Cristo» (versión sobre el texto latino).
El contexto histórico por el que deben entenderse estas manifestaciones, es completamente claro. Cipriano tenía que luchar contra los movimientos de escisión en la comunidad, en los que la apelación al carisma de los confesores amenazaba de hecho con conducir al desorden arbitrario. Contra ello le importaba defender la unidad de la Iglesia bajo el respectivo y único obispo y oponerse a todo intento de independización, de desprendimiento de la comunidad eclesiástica fundada en el obispo. La finalidad de sus explicaciones es, consiguientemente, poner de relieve lo ineludible de la estructura episcopal y lo indispensable de la unidad. La escisión es pecado, no es camino de salvación sino de perdición. El problema de la salud eterna de la humanidad está por completo fuera de la mirada del santo, a quien importa la unidad de una Iglesia sacudida de la manera más profunda fuera por la persecución y dentro por la escisión; pero no se trata en modo alguno de especulaciones sobre la suerte eterna de todos los hombres cualquiera sea el punto del tiempo y del espacio en que hubieren vivido. Como en Orígenes, tenemos aquí una vez más ante nosotros un texto parenético y no un axioma independiente de la situación. Si allí se trataba de un llamamiento a los judíos para que no se contentasen con el Antiguo Testamento, aquí se trata asimismo de un llamamiento a la unidad contra una escisión disfrazada de carisma, que es, sin embargo, escisión y, como tal, pecado1.
Ya en Lactancio2, pero sobre todo en Jerónimo3 y en Agustín4, la proposición cobra un sentido absoluto, sin desprenderse nunca enteramente del contexto parenético. Sólo un discípulo de Agustín, Fulgencio de Ruspe (468-533), creó aquellas fórmulas cristalinas que se grabaron con su dureza dialéctica en la conciencia cristiana de los siglos siguientes. En gran parte sus formulaciones fueron recogidas literalmente por el concilio de Florencia (1442) con lo que recibieron un peso oficial eclesiástico. Así, pueden ahora leerse en los textos de
dicho concilio las proposiciones siguientes: «Firmemente cree, predica y profesa que nadie que no esté dentro de la Iglesia católica, no sólo paganos, sino también judíos, herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41), a no ser que antes de su muerte se incorporase a la Iglesia». Aquí se han juntado por de pronto los distintos elementos tradicionales: aviso contra la escisión,
llamamiento misional a los gentiles, parénesis de los judíos; pero, por esa misma fusión han cambiado, a lo que parece, esencialmente en su carácter para formar un contexto teórico sistemático. En realidad hay que preguntar también aquí si el paso de una alocución a una teoría objetivante es tan completo como parece a primera vista. La obra de Fulgencio está redactada en forma de diálogo y responde a las preguntas de cierto Pedro sobre la fe católica. Cada párrafo comienza por el imperativo: «Mantén firmemente y no dudes de que...» No habla, pues, inmediatamente sobre los de fuera, sino que está de lleno en la línea de pensamiento que hemos señalado al principio: se dirige a la persona del creyente y le instruye en el carácter absoluto e irrenunciable de la fe. Por modo semejante, tampoco el concilio de Florencia teoriza al aire, sino que trata de cerrar la grieta de separación entre oriente y occidente; justo en este empeño por superar el cisma de ambas partes de la única Ecclesia tiene lugar su fervorosa
apelación a la Iglesia indivisible.


Deben además tenerse en cuenta tres nuevos puntos de vista, a lo que me parece, para entender tales formulaciones:
a) San Agustín de cuya escuela procede esta formulación y cuya obra hay que mirar como trasfondo de la tesis, a la vez que daba forma al concepto severísimo de la exclusiva de salvación en la Iglesia, desenvolvió la idea de Ecclesia ab Abel, de la Iglesia que existe ya
desde el primer hombre; con lo que dio forma a la idea de una pertenencia a la Iglesia fuera del espacio de su visibilidad jurídica. Sólo con la inclusión de este contrapunto se puede entender rectamente el realce que se da a la Iglesia visible.
b) La proposici6n se desarrolló sobre el fondo de la antigua imagen del mundo, que entró en él y constituye uno de sus elementos. Por razón de esta imagen, al final de la era patrística el mundo pasaba por ser predominantemente cristiano. La impresión de lo que se sabía del mundo era que todo el que quisiera ser cristiano podía serlo y lo era.
Sólo un endurecimiento culpable retraía aún al hombre de la Iglesia. A base de esta óptica se creía poder decir que quien estaba fuera de la Iglesia, era porque lo quería, estaba fuera por propia decisión. Por ahí se ve que también el lado geográfico y la imagen del mundo tienen
importancia para poder valorar en concreto lo que pretende una proposición. Si se quiere llegar a un sentido teológico permanente, hay que arrancarla de la perspectiva de finales de la Antigüedad; no se intuye su verdadero fondo teológico, si no se logra separar del mismo
la visión deformada que entraña esta imagen del mundo.
c) La proposición no está aislada. No es ella lo único que dice la historia de la Iglesia y los dogmas sobre este problema, sino que constituye un aspecto dentro del desenvolvimiento histórico-dogmático, en cuya totalidad debe insertarse como una parte. Así como no pueden
juzgarse aisladamente las proposiciones de la sagrada Escritura, sino que deben leerse dentro de su contexto total, eso mismo hay que decir también sobre la historia de los dogmas: las proposiciones particulares sólo tienen su verdadero puesto y valor en el conjunto de esa historia.
Concretémoslo muy brevemente con algunas indicaciones de tipo histórico. Al comienzo de la edad moderna, en el momento por consiguiente en que se desmoronaba la antigua imagen del mundo y aparecía un mundo nuevo, surgieron también nuevas experiencias misionales que introdujeron a ojos vistas un cambio de perspectivas en nuestra cuestión. Se comienza a separar como la cosa más natural el ingrediente de la imagen del mundo de la sustancia teológica. Por lo demás, en las declaraciones del magisterio aparece la nueva perspectiva por de pronto sólo de manera negativa: a través de la condenación del rigorismo jansenista. En este lugar se puede estudiar de manera particularmente instructiva cómo la Iglesia procura conservar concretamente la fidelidad a su herencia. Jansenio y sus adeptos insisten en una interpretación literal de Agustín. Se atrincheran en el historicismo de la rigurosa repetición de lo antiguo y desde un punto de vista superficial resultan inatacables. En realidad, cabalmente por este aferrarse a la letra, se les escapó el verdadero sentido, y la Iglesia, que condenó el agustinismo verbal, se mantuvo mucho más fiel al espíritu genuino de Agustín, que no sus repetidores demasiado literalistas. Al mantener Jansenio las fórmulas de Agustín, pronunciadas en una perspectiva enteramente distinta, en otra perspectiva de pensamiento, llegó a una visión deformada que se expresa en la siguiente fórmula: «Es semipelagiano decir que Cristo murió por todos. Pocos después, prolongando la misma línea, acuñó Quesnel esta proposición: "Fuera de la Iglesia no hay gracia". Ambas proposiciones fueron condenadas por el magisterio eclesiástico, con lo que quedaba trazada, de momento en forma negativa, la frontera frente a un falso agustinismo que se endurecía en una teoría negativa. Naturalmente, de esta manera no se creaba aún una nueva concepción positiva (lo que no es tampoco función del magisterio); pero, frente a todos los estrangulamientos y frente al prurito de sacar consecuencias falsas, la Iglesia se había dejado abierto el camino para repensar en una situación nueva el antiguo problema. Sobre todo la proposición: «Fuera de la Iglesia no hay salvación» no podía ni podrá mentarse en adelante sino en unidad dialéctica con la condenación de la tesis: «Fuera de la Iglesia no hay gracia». La aceptación consciente de esta dialéctica corresponde en adelante únicamente al estado de la doctrina de la Iglesia.
No puede ser tema de este esbozo exponer en particular la ulterior evolución de las declaraciones doctrinales de la Iglesia sobre esta cuestión que, desde mediados del siglo XIX, determinó con fuerza creciente el empeño por la recta manera de entenderse a sí misma la
Iglesia. Efectivamente, en esta sección no hemos intentado una extensa historia del axioma, sino examinar desde sus orígenes la orientación esencial de su sentido y establecer así la amplitud de significado que permite nuestra tesis en su forma clásica y dónde se
encuentran las reinterpretaciones, que solo serían verdaderos subterfugios, los cuales, bajo el manto de interpretación, ocultarían el
fracaso de todo un camino.Así, para la historia de los últimos cien años pueden bastar algunas indicaciones. A primera vista parece que en Pío IX se da una radical
agudización de la tesis. En su Syllabus, bajo el lema "Indiferentismo", se condena esta proposición: "Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo». Rechazar
esta declaración nos parece por de pronto francamente enorme; sin embargo, antes de alarmarse habría que preguntar cuál sea propiamente su sentido. Ahora bien, las proposiciones particulares del Syllabus son, como se sabe, extractos de alocuciones y encíclicas del
papa; para entender su verdadera intención es menester buscar su contexto. En este caso el contexto se halla en una alocución del año 1854 5 y en una encíclica de 1863 6. La tendencia a la agudización se puede reconocer también aquí cuando, siguiendo a la bula Unam
sanctam de Bonifacio VIII, en lugar del simple extra ecclesiam o del posterior extra catholicam ecclesiam, se dice ahora, por vez primera extra apostolicam Romanam ecclesiam y se recalca que la vinculación de la salud eterna a la misma debe ser ex fide tenendum, con lo que la fórmula se califica de dogma, esto es, que pertenece objetivamente al depósito esencial de la fe7. Pero este texto conciso hace resaltar claramente la declaración precisa que en el Syllabus sólo está indicada con el lema «indiferentismo». Debe, consiguientemente, rechazarse «la impía y triste opinión», según la cual, en cualquier religión podría encontrarse el camino de la salud eterna, es decir, la idea de que en el fondo todas las religiones son sólo formas y símbolos de lo indecible e
incomprensible, en las cuales a la postre lo importante no sería el contenido sino únicamente el elemento formal de lo «religioso» como tal. Ahora bien, si por «indiferentismo» sólo se entiende concretamente este concepto de religión y sólo a él se refiere la condenación, se comprende cómo el papa pueda afirmar, sin contradicción, en el mismo discurso que no se trata de «poner barreras a la misericordia divina, que es infinita», y cómo pueda seguir diciendo que la "ignorancia invencible de la verdadera religión" no implica culpa alguna. En la encíclica de 1863 se añade expresamente que tales personas «pueden alcanzar la vida eterna», si cumplen los mandamientos grabados por Dios en sus corazones8. Con ello se recoge de hecho la dialéctica antes descrita entre universalismo como exigencia y universalismo como promesa, entre obligatoriedad universal de la fe y posibilidad universal de la gracia. Al mismo tiempo esa palabra difusa de «indiferentismo» recibe un sentido preciso; quiere decir la identificación
de todas las religiones, que estriba en un concepto puramente formal y simbólico de la religión, que está siempre pronto a estimar el fondo religioso únicamente como manifestación mutable y nunca como auténtico contenido. Así, se trata simplemente del título de revelada que corresponde a la fe cristiana, a fin de establecer que el Dios callado se ha hecho realmente en Jesucristo «palabra», discurso para nosotros, que no es mero símbolo de nuestra búsqueda, sino la respuesta que El nos da.En Pío XII se encuentra sistematizada esta dialéctica y concretada en
su fondo. Enlaza con una doctrina bien precisa de la incorporación y de la ordenación a la Iglesia así como con una reflexión sobre la manera particular en que son «necesarios» ]os Sacramentos y la misma Iglesia.
Para ello desarrolla la doctrina sobre el «deseo implícito» de la Iglesia, que se da sencilla y realmente con aquella «recta constitución del alma, en virtud de la cual quiere una persona que su voluntad se conforme con la voluntad de Dios». Como determinaciones reales de una voluntad así constituida se citan la «caridad» y la "fe"9. El concilio Vaticano II ha proseguido esta línea sometiendo otra vez a discusión aquellas cuestiones, a las que Pío IX intentó por vez primera responder expresamente. Después de prevalecer durante siglos el gesto de repulsas, después que el universalismo de la fe fue entendido sobre todo como pretensión y exigencia, el Concilio ha intentado entender el universalismo también como esperanza, como promesa y seguridad para todos destacando, consecuentemente, los elementos positivos de las religiones, aquello que también en ellas es «camino». También para el concilio Vaticano II sigue siendo verdad indiscutida e indiscutible que sólo Cristo es «el» camino, pero de ahí no ha deducido que todo lo que aparentemente está fuera de Cristo, sea solo extravío; sino que todo lo que fuera de él es camino lo es partiendo de él y le corresponde por tanto en realidad a él, que es camino del camino. La orientación fundamental del Concilio es clara; las formas en que la explica
presentan matices diversos y desde luego no son concluyentes. Las declaraciones de la Constitución sobre la Iglesia permanecen, en conjunto, dentro de la línea de Pío XII, cuyo complicado sistematismo se simplifica en la afirmación de que una vida conforme a conciencia bajo la influencia de la gracia conduce a la salvación. Más sutil, en cambio, es la declaración de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Esa declaración ve el centro del cristianismo en el misterio pascual, esto es, en el «tránsito» de la cruz a la resurrección.
Ese tránsito, la "pascua" cristiana, no es empero otra cosa que la traducción del «tránsito», que es el amor, a la realidad histórica de una existencia vivida enteramente por amor. De donde se sigue que el camino cristiano de salvación, el camino de salud que se llama Cristo,
se identifica con la «pascua», con el misterio pascual. Se tiene parte enel "camino" Cristo en la medida en que se participa del misterio de la cruz y de la resurrección (Constitución Pastoral p. 1, c. 1, 22). Pero con ello estamos ya en medio del empeño teológico de hacer entender de nuevo la herencia de la tradición dentro de nuestro mundo. Que tal empeño puede legítimamente darse, que en el interior de la tradición haya espacio para esa búsqueda y planteamiento, tal vez haya quedado claro con el presente esbozo. Tratemos ahora de encontrar una forma de comprensión que se acomode a las exigencias de una fe que vive en el hoy.

II. ESTADO ACTUAL DE LA CUESTIÓN
La primera característica de la situación actual es una nueva ampliación de nuestra imagen de la historia, que supera en profundidad a la que se dio como consecuencias de los grandes descubrimientos geográficos al comienzo de la edad media. E1 principio de la historia humana se remonta, según el estado actual de nuestros conocimientos, a medio millón de años aproximadamente, de suerte que la historia sagrada de la Biblia aparece ya sólo como un punto diminuto en la totalidad de la historia. Mas, por lo que atañe al futuro, dada la proporción que existe entre el crecimiento de la Iglesia y la multiplicación de la humanidad, hay que contar con una progresiva reducción de la presencia eclesial en el mundo. La primacía numérica, que de momento conceden todavía las estadísticas al catolicismo frente a las otras religiones de la humanidad, tal vez no pueda ya resistir demasiado tiempo. Para todo el que tenga ojos puede ya hoy resultar harto problemático, porque sabe lo poco que espiritualmente significa el fenómeno estadístico para el «catolicismo». También Hitler, Himmler y Goebbels figuraban en las estadísticas como católicos; sólo una fracción de quienes, por cualesquiera convenciones, gustan todavía do llamarse así, está de verdad afectada por el Evangelio de Jesucristo.
En esta situación, no se trata ya de lograr ningún tipo de seguridades tranquilizadoras sobre la salud eterna «de los otros», que de muy atrás han venido a ser en sentido literal nuestros "prójimos", sino de comprender de nuevo la posición y misión de la Iglesia en la historia de
una manera positiva que nos permita creer tanto en la universalidad de la oferta divina de gracia, como en la necesidad ineludible del servicio de la Iglesia para alcanzarla.Consecuentemente, hemos afirmado ya en la introducción que para nosotros el planteamiento del problema ha experimentado un cambio radical. A la postre, no nos mueve ya el problema de si los «otros» pueden salvarse -eso podemos dejarlo confiadamente en manos de
Dios-; a nosotros nos mueve más bien esta pregunta: ¿Por qué tengo que creer yo a pesar de todo? ¿Por qué no tengo que escoger también yo el camino aparentemente más cómodo, pasar de uno que tiene nombre y obligación de cristiano, a un «cristiano anónimo», que deja a
los otros las dificultades que este nombre lleva consigo? No se trata de echar las cuentas de los demás, sino de comprender nuestra propia tarea. Pero con ello volvemos puntualmente al origen de nuestra proposición, que era un llamamiento a los cristianos y no una teoría
sobre los no cristianos. De donde se sigue que no pueden hoy día satisfacernos todas aquellas respuestas, que reducen la salvaci6n de "los otros" pura y simplemente al «deseo implícito de la Iglesia» que se les atribuye, deseo que por añadidura, se identifica con una especie
muy vaga de buena fe y de buena voluntad. Con ello no se dice que parejas reflexiones sean absurdas. Son sólo insuficientes y caen desde luego fácilmente en las cercanías del pensamiento pelagiano, según el cual, bastaría en definitiva la buena voluntad para redimir al hombres.
Hoy día debería ser patente para nosotros lo poco que puede la buena voluntad por sí sola para redimir al hombre, hasta qué punto es un consuelo vacío remitir a la buena voluntad, consuelo que sanciona lo existente y no contribuye en modo alguno a la liberación del hombre.
El problema sobre la salvación no puede plantearse desde el sujeto aislado, que no existe siquiera como tal; juntamente con las condiciones subjetivas de salvación, hay que considerar su posibilidad objetiva. Si así se hace, aparece de suyo clara tanto la amplitud ilimitada de la salvación (universalidad como esperanza), como la indispensabilidad del hecho de Cristo y de la fe en él (universalidad como imperativo). Tratemos, pues, de explicar ambos aspectos.

1. El aspecto subjetivo de la cuestión SV/COMO Por lo que a la actitud del sujeto atañe, hay que empezar interrogando sin más a la sagrada Escritura: ¿Qué debe propiamente tener un hombre para ser cristiano? El Nuevo Testamento da a esa pregunta dos respuestas que
se completan y que juntas ofrecen una explicación perfectamente suficiente de cuándo pueda hablarse teológica y legítimamente de un votum ecclesiae. La primera respuesta dice: El que tiene la caridad, b tiene todo. Eso basta de manera completa, simple y absoluta. Así se desprende del coloquio entre Jesús y el doctor de la ley (Mt 22,35-40 par); también de la doctrina de Pablo, que califica la caridad como la "plenitud" de la ley (Rom 13,9s); pero señaladamente de la audaz parábola del juicio final (Mt 25,31-46), en que el juez del mundo no pregunta lo que cada uno ha creído, pensado y conocido, sino que juzga única y exclusivamente por el criterio de la caridad. El «sacramento del hermano» aparece aquí como el único camino suficiente de salvación, el prójimo como la «incógnita de Dios», en que se decide el destino de cada uno. Lo que salva no es que uno conozca
el nombre del Señor (Mt 7,21); lo que se le pide es que trate humanamente al Dios que se esconde en el hombre, La viejísima fe de los pueblos de que en el huésped puede estar oculto un dios, está confirmada de manera inesperada por Jesús, que nació en Belén fuera
de los albergues de los hombres. En los más pequeños viene constantemente de incógnito a nosotros el que se haría «el más pequeño» de los hombres.
Podemos, pues, retener por ahora la respuesta del Nuevo testamento: el que tiene la caridad lo tiene todo, se salva y no necesita de nada más. A esta información liberadora, que se da partiendo de Dios de manera absoluta, sin condición ni «pero» alguno, se contrapone un «pero» únicamente por parte del hombre, tan fuerte
desde luego que parece poner en peligro de la manera más profunda la totalidad de lo dicho. Este «pero» dice: Nadie tiene realmente la caridad (cf. Rom 3,23). Todo nuestro amor está una y otra vez corroído y deformado por el egoísmo. De ahí viene en efecto la peculiar
ambigüedad de la palabra «humano» (o «humanidad»), que puede comprobarse en muchas lenguas: «Humano» significa de una parte, lo humano en buen sentido (lo humanitario) y encierra una chispa de la
«ágape» o caridad; pero significa, a la par, lo humano o demasiado humano que nos recuerda que el egoísmo ha venido a ser una segunda naturaleza para el hombre. Todos somos egoístas, nadie tiene realmente la caridad. ¿Quiere eso decir que todos estamos condenados sin remedio? Aquí viene la segunda respuesta del Nuevo
Testamento, que dice: Por derecho todos estaríamos condenados; pero Cristo cubre con el superavit de su amor representativo el déficit de nuestra vida. Sólo una cosa es menester: que abramos las manos y aceptemos el regalo de su misericordia. Este movimiento de abrirse
para recibir el regalo del amor representativo del Señor lo llama Pablo «fe». Resulta evidente que esta fe, en su sentido pleno, supone la plenitud entera de las realidades atestiguadas en la Biblia. Pero también resulta claro precisamente en esta descripción de la fe que
puede haber algo así como una «fe antes de la fe», que no tenemos por qué buscar ya una vaga buena voluntad , sino que la podemos describir puntualmente. Es lo contrario de aquella actitud que los antiguos llamaban hybris, la negación de la propia complacencia y de
la justicia a fuerza de brazos, la sencillez de corazón, que podemos encontrar en la Biblia bajo el nombre de «pobreza de espíritu». Aquí tiene su razón el hecho de que el Evangelio de Jesús sólo fuera recibido en Israel por los llamados anawim, los «pobres de espíritu». La fe explícita es la prolongación del espíritu que animaba a aquellos
pobres. Resumiendo, podemos afirmar una vez más que el Nuevo Testamento da dos respuestas a la pregunta sobre lo que se le exige al hombre para salvarse; dos respuestas que, en su aparente antítesis, forman una unidad. El Nuevo Testamento dice a la par que «la caridad
por sí sola basta» y que «sólo la fe basta». Pero ambas afirmaciones juntas expresan una actitud de salir de sí mismo, en que el hombre comienza a dejar a las espaldas su egoísmo y avanza en dirección al otro. Por eso, el hermano, el prójimo, es el verdadero campo de prueba
de esta disposición de espíritu; en su «tú» viene al hombre de incógnito el «tú» de Dios. Si, consecuentemente, miramos al prójimo como la
incógnita primaria de Dios, siempre será también cierto que puede, además de eso, escoger muchas otras incógnitas; es decir, que múltiples circunstancias del eventual orden religioso y profano pueden
ser para el hombre llamamiento y ayuda con vistas al éxodo salvador de salir de sí mismo. Pero es también evidente que hay cosas que no pueden nunca convertirse en incógnita de Dios. «Dios no puede escoger la incógnita del odio, del egoísmo ávido de placer o la incógnita de la soberbia». Esta proposición que parece evidente
permite algunas conclusiones importantes. Muestra, en efecto, la falsedad de una idea muy difundida, según la cual, cada uno debería vivir precisamente según su convicción y se salvaría por su
"conciencia" así demostrada. ¿Debería entonces mirarse como una especie de votum ecclesiae el heroísmo del hombre de las SS hitlerianas y la cruel puntualidad de su pervertida obediencia? ¡Jamás!

Ahora bien, con este ejemplo extremo aparece clara toda la problemática de tal idea y de su punto de partida. Porque, el identificar la voz de la conciencia con cualesquiera convicciones que impone la situación social e histórica, conduce a la concepción de que un hombre
se salva por la concienzuda observancia del sistema en que se encuentra o al que se ha adherido cualquiera sea el modo. La conciencia degenera entonces en escrupulosidad y el sistema eventual se convierte en "camino de salvación». Parece sonar a humano y generoso decir que un muslim para salvarse debe ser cabalmente un
«buen musulmán» (¿qué significa eso propiamente?), un hindú, un buen hindú y así sucesivamente. Pero ¿habrá que añadir entonces también que un caníbal deba ser cabalmente un buen "caníbal» y un convencido de las SS un nacional-socialista de cuerpo entero?
Evidentemente, aquí desafina algo; una «teología de las religiones» que se desenvuelva partiendo de aquí, sólo puede conducir a un bosque sin sendero.
Pero ¿qué es aquí propiamente falso? Ante todo, la divinización del sistema y de las instituciones. Tesis como las que acabamos de formular (el muslim quédese muslim, el hindú quédese hindú) sólo aparentemente son «progresivas»; en realidad elevan el conservadurismo a ideología: cada uno se salvaría con su sistema.
Pero ni el sistema ni la observancia de un sistema salvan al hombre; sólo lo salva lo que está por encima de todos los sistemas y lo que representa la apertura de todos los sistemas: el amor y la fe que son el verdadero término del egoísmo y de la hybris autodestructora. Las religiones ayudan a alcanzar la salvación en la medida que introducen en esta disposición de espíritu; son obstáculos para la salvación, en la medida que impiden esta disposición de espíritu en el hombre. Si las religiones o los sistemas ideológicos existentes como tales salvaran al
hombre, si fueran su camino de salvación, la humanidad quedaría eternamente prisionera en sus particularismos. La fe en Cristo significa, por lo contrario, la persuasión de que hay un llamamiento para superar esos particularismos y que sólo así, al acercarse a la unidad de Dios, alcanza la historia su cumplimiento. CONCIENCIA/QUÉ-ES: CONCIENCIA/FALSA Con ello parece un
segundo punto. La tesis de que cada uno debe vivir conforme a su conciencia es en sí misma -ya se sobrentiende- absolutamente recta. Sólo cabe preguntar qué se entienda por «conciencia». Si con la conciencia se afirma la fiel permanencia en cualquier sistema, en tal
caso conciencia no quiere decir evidentemente el llamamiento de Dios, común a todos, sino un reflejo social, el super-yo del grupo correspondiente. Pero ¿debe conservarse de hecho ese super-yo, o hay que disolverlo, puesto que obstaculiza el verdadero llamamiento de
Dios y se identifica falsamente con él? La conciencia misma, la conciencia real única que puede pedir obediencia, no dice a cada uno algo distinto: que el uno deba ser hindú, el otro musulmán y un tercero
caníbal, sino que en medio de los sistemas y no raras veces contra ellos dice a todos que sólo está mandada una cosa: que cada uno sea humano con su prójimo y lo ame. Un hombre tiene un votum (el "deseo
de Cristo"), cuando sigue esta voz. Vivir conforme a la conciencia no significa encerrarse en la propia convicción, sino seguir el grito que se dirige a cada hombre; el grito que llama a la fe y a la caridad. Sólo estas dos disposiciones de espíritu, que constituyen la ley fundamental del cristianismo, pueden crear algo así como un «cristianismo anónimo» -si es lícito mentar aquí, con toda reserva, este problemático concepto.

2. El aspecto objetivo
En la determinación que acabamos de ensayar del elemento subjetivo de la salvación (del votum ecclesiae, consiguientemente) queda sobrentendido ya, quod rem, el factor objetivo en su necesidad interna. Y es así que al describir la caridad como lo que verdaderamente salva, hubimos ya de afirmar que en todo amor humano hay un terreno abonado para el egoísmo, que lo corrompe y
acaba por hacerlo impotente. De ahí la necesidad del servicio representativo de Jesucristo, el único que da sentido al gesto de salir de sí por la fe y de declarar la propia insuficiencia. Sin el servicio de
Jesucristo este gesto cae en el vacío. Pero en este punto comienza también lo que podemos llamar necesidad de la Iglesia para salvarse. Afirmemos por de pronto que toda la humanidad vive del acto de amor de Jesucristo, del «en favor de» en que expuso su vida (cf. Mc 10,45;
14,23 con referencia a Is 53,10-12). La vocación de la Iglesia es entrar en este servicio representativo de Cristo, que él quiso realizar -como se expresa hermosamente Agustín- como «el Cristo entero, cabeza y
miembros». Dicho de otro modo, en toda salvación de un hombre, según la fe cristiana, actúa Cristo. Ahora bien, donde está Cristo, toma también parte la Iglesia, porque Cristo no quiso estar solo, sino que acontece, por decirlo así, un doble derroche al tomarnos también a
nosotros a su servicio. Cristo no es nunca un mero individuo que se contrapone a la humanidad entera. El que Jesús de Nazaret sea «el Cristo», significa cabalmente que no quiso quedarse solo, sino que creó un «cuerpo». «Cuerpo de Cristo» significa precisamente
participación de los hombres en el servicio de Cristo, de suerte que vienen a ser como sus «órganos» y Cristo no puede ya ni siquiera
pensarse sin ellos. Solus Christus numquam solus, pudiera decirse desde este punto de vista: sólo Cristo salva, cierto; pero este Cristo, único que salva, no está nunca solo. Y su acción salvadora tiene su particularidad específica en que no hace simplemente al otro receptor
pasivo de un don concluso en sí mismo, sino que lo incorpora a su propia actividad. El hombre se salva al cooperar a la salvación de los otros. Uno se salva siempre, por decirlo así, para los otros y, en este
sentido, se salva también por los otros (H.U. von BALTHASAR: "Incomprensiblemente se dio un tiempo en teología la opinión de que cada uno puede tener para si mismo la esperanza, aquella esperanza cristiana que "no falla". Se debiera decir antes bien lo contrario. Cada
uno debe tener la esperanza para todos sus hermanos; para sí mismo, empero, difícilmente puede renunciar por un momento al temor"). En el fondo, sólo puede ser así, si se reflexiona una vez más sobre la
naturaleza de la acción de Cristo. Henos dicho que la orientación existencial do Jesús, su verdadera esencia, se caracteriza por el «en favor de». Si la «salvación» consiste en hacernos como él, en tal caso debe presentarse concretamente como participación en ese «en favor
de». En este caso, el ser cristiano debe significar la «pascua» constante de la transición de ser para sí al ser unos para otros. Con ello podemos retornar al problema total y realmente angustioso: ¿Por qué es uno propiamente cristiano? Ahora podemos decir que el pleno
servicio de la permanencia expresa en la Iglesia no se cumple desde luego por todos, pero sí se cumple para todos. La humanidad vive de la existencia de ese servido. Creo que podría verificarse sociológica e históricamente de manera muy concreta este pensamiento: si ya no
hubiera Iglesia, si ya no hubiera hombres que cargan con toda la responsabilidad de la fe en la Iglesia, el mundo presentaría otro aspecto. Si se extinguiera la fe de los cristianos, de hecho -podemos decirlo sin exageración- «el cielo se le caería encima» al mundo. La consecuencia no sería su liberación, sino su destrucción. De Möhler
son estas hermosas palabras: «Sin la Escritura, se me privaría de la verdadera forma de los discursos de Jesús; no sabríamos cómo habló el Dios-hombre y paréceme que no querría ya vivir si no le oyera ya hablar». Variando estas frases, yo añadiría tranquilamente que no
querría vivir, si no existiera el reducido grupo de los creyentes, que es la Iglesia; es más, podríamos completarlo diciendo que no podríamos ya vivir, si ello fuera así.CR/SOLIDARIO: Volvamos al núcleo de la cuestión. No se es cristiano para sí mismo, sino para los otros; o más bien: sólo se es para
sí mismo, cuando se es para los otros. «Ser cristiano es un llamamiento a la magnanimidad del hombre, a su generosidad, a que esté dispuesto a caminar con Simón de Cirene bajo la cruz de Cristo que proyecta su
sombra sobre la historia universal. El cristiano no comparará, mirando envidiosamente de reojo, el peso de las exigencias que sobre él gravitan con el peso, en todo caso aparentemente menor, do aquellos
de quienes cree que van también al cielo, sino que abrazará gozosamente su propia misión... El servicio no es para él grande, porque se salve él mismo y los otros se condenen (eso sería la actitud del hermano envidioso y de los trabajadores de la primera hora), sino porque por él se salvan también los otros».
Esto nos lleva a una observación postrera, que nos retrae otra vez al principio. El fenómeno Iglesia se torna cada vez más minúsculo en nuestra óptica dentro de la totalidad del cosmos. Si se entiende a la Iglesia partiendo de lo que hemos dicho, no hay por qué maravillarse
de esta su insignificancia en el mundo, que está por lo demás predicha de varias formas en la Escritura (cf. por ejemplo, Ap 13,3.8.13s). Para poder ser la salvación de todos, no debe la Iglesia identificarse aun externamente con todos. Su esencia es más bien representar, a
imitación del único que tomó sobre sus hombros la humanidad entera, el grupo de los pocos, por los que Dios quiere salvar a los muchos. (Los padres griegos ven en la oveja perdida del Evangelio una imagen
de la naturaleza humana, a la que el Logos en la encarnación tomó, por así decir, sobre sus hombros). La Iglesia no lo es todo, pero existe para todos. Es expresión de que Dios edifica la historia en la recíproca
referencia de los hombres partiendo de Cristo. Congar ha seguido esta idea a través de toda la Biblia, en la que halla constantemente presente el principio de pars pro toto, la "minoría al servicio de la mayoría".
Congar hace ver la desestima de la Biblia por el aspecto cuantitativo de las cosas, que se expresa señaladamente en la desestima de las estadísticas. Recoge las palabras de Gustave Thibon: «Todo orden que trasciende a otro sólo puede insertarse en éste bajo la forma de un
infinitamente pequeño»; esta ley cósmica es también ley de la historia universal y de la «historia sagrada». Ella confirma una vez más todo lo que acabamos de meditar.
A veces se tergiversan estas reflexiones como si con ellas se declarasen superfluas las misiones, como si se pudiera decir: «Si hay representación, ¿qué falta hacen ya las misiones?» Ahora bien, no me parece a mí que el acceso al sentido de las misiones quede de hecho
cortado por declarar a las otras religiones, como tales, camino de salvación. Con lo dicho nos hemos cabalmente opuesto a pareja fantasía. Hay que conceder con franqueza que lo hasta aquí dicho no
suministra un fundamento a las misiones; está ordenado a otro planteamiento de la cuestión, que es complemento del problema misional. Expresado de otra manera: está abierto al imperativo de las misiones sin que lo fundamente de modo directo.
¡Tratemos de ver todavía algo más claramente esta interior apertura de la idea! Hemos dicho que la Iglesia no es un cuerpo de salvados subsistente en sí mismo, en torno al cual existirían luego los
condenados; existe antes bien por esencia para los otros, es una realidad abierta a los otros. Pero con ello nos encontramos realmente
con la idea de las misiones, que son en efecto simple y llanamente la ineludible expresión de aquel "en favor de", de aquella apertura que define en su sentido más profundo a la Iglesia desde Cristo. Como
signo del amor divino, de la mutua referencia por la que se salva la historia y vuelve a Dios, la Iglesia no puede ser círculo esotérico, sino que es esencialmente un espacio abierto. Aquí podemos recordar un
pensamiento formulado por el Pseudodionisio con énfasis particular, pensamiento que fue luego singularmente caro a toda la Escolástica: Bonum est diffusivum sui; el bien tiene necesariamente que derramarse
fuera de sí mismo, el deseo de comunicarse pertenece íntima y necesariamente al bien como tal. Con ello se significaría ante todo la esencial apertura de Dios: Dios, como la bondad en persona, es a la vez comunicación, efusión, salida de si mismo y regalo de si mismo.
Pero el principio vale además para todo lo que es bueno por venir de él, Bien supremo. Tampoco la Iglesia puede realizarse sino por el diffundere, por el comunicarse, por el salir misionero de sí misma. La Iglesia es una realidad dinámica; sólo permanece fiel a su sentido, sólo
cumple su misión, si no reserva para sí sola el mensaje de que se le hizo merced, sino que lo transmite a la humanidad entera.
Aprovechando el lenguaje figurado sinóptico podría reducirse lo mismo a la fórmula de que las misiones son expresión de la divina hospitalidad; son el salir de los heraldos que llevan al mundo la invitación al banquete divino de bodas. La transmisión constante de
esa invitación entra indispensablemente en el servicio que la Iglesia presta a la salvación de los hombres; aunque sabe que la misericordia de Dios no tiene limites, a ella se aplica la palabra del Apóstol: «¡Ay de
mí, si no predicare el Evangelio!» (1 Cor 9,16). El servicio al Evangelio es para ella una necesidad del amor (2Cor 5,14), del que ella procede y cuyo servicio es su única justificación.
....................
1. Esta finalidad del texto ha sido puesta de relieve por H. DE LUBAC en su
imponente librito: Geheimnis, aus dem wir leben, Einsiedeln 1967, 150s (versión
cast.: El misterio del sobrenatural, Estela, Barcelona), con razón contra G. Baum:
"Pero el famoso axioma: "Fuera de la Iglesia no hay salvación" no tenía
originariamente en los padres de la Iglesia el sentido general que se imaginan
muchos hoy día; tenia presentes en situaciones muy concretas a aquellos
culpables que tenían sobre su conciencia un cisma, una rebelión, una traición
contra la Iglesia.»
2. Divinae institutiones 4,30, 11s en CSEL 19, 396: "Sola igitur catholica
ecclesia est quae verum cultum retinet. Hic est fons veritatis, hoc domicilium fidei,
hoc templum Dei: quo si quis non intraverit vel a quo si quis exierit, a spe vitae ac
salutis alienus est. Neminem sibi oportet pertinaci concertatione blandiri. Agitur
enim de vita et salute; cui nisi caute ac diligenter consulatur, amissa et exstincta
erit".
3. Ep. ad Damasum 2 en CSEL 54, 63: "Ego nullum primum nisi Christum
sequens beatitudini tuae, id est cathedrae Petri, communione consocior. Suprl
illam petram aedificatam ecciesiam scio. Quicumque extra hanc domum agnum
comederit, profanus est. Si quis in Noe arca non fuerit, periet regnante diluvio.»
4. Sermo ad Caes. eccl. plebem 6 en CSEL 53, 174: "Extra catholicam
ecclesiam totum potest (sc. aliquis) praeter salutem: potest habere honorem,
potest babere sacramenta, potest cantare alleluia, potest respondere "amen",
potest evangelium tenere, potest in nomine patris et filii et spiritus sancti fidem
habere et praedicare, sed nusquam nisi in ecclesia catholica salutem potest
invenire.» - De todos modos, también aquí subsiste la situación kerygmática de
polémica contra el cisma, que da su orientación concreta a lo que se dice. En
cambio, E. LAMIRANDE acentúa el carácter general del aserto del santo, en su
comentario de la Bibliothèque augustinienne, t. 32 = Traités anti-Donatistes, vol v,
Desclée de Brouwer, Brujas 1965, 740ss.
5. Singulari quadam, Dz 1646ss (no recogido ya en DS).
6. Quanto conficiamur moerore, DS 2865ss (Dz 1677).
7. Unam sanctam (DS 870-875, Dz 468s) no tenía aún la fórmula "extra
apostolicam Romanam ecclesiam", pero se anticipó a su contenido al acabar
fundiendo las expresiones de Cipnano citadas al comienzo en la tesis: "Porro
subesse Romano Pontifici omni humanae creaturae declaramus, dicimus,
diffinimus omnio esse de necessitate salutis". Sobre la cuestión de la validez de
Unam sanctam cf. la importante observaci6n de K.A. Fink en ThQ 146 (1966), 500.
Fink advierte que en la fórmula definitoria falta la palabra pronunciamus. Esta
observación es importante, porque la fórmula breve corresponde a las decisiones
consistoriales de aquel tiempo y desaparece el carácter dogmático o la
"proposición teológica irreformable". El papa quería dar una decisión doctrinal y
decir que no debía ya enseñarse (en Paris) lo contrario. Pero nadie se preocup6
por ello; pues, como es sabido, la Sorbona fue el Magisterium ordinarium de la
baja edad media. Sobre la frase citada de Singulari quadam es de notar que la
afirmación hecha en una alocución papal de que algo sea dogma, no representa
naturalmente una definición de fe y necesita por tanto de un reexamen a fondo.
8. DS 2866 (Dz1677).
9. Estas declaraciones se encuentran en DS 3866-3873, en uma carta del
Santo Oficio al arzobispo de Boston (fechada a 8 de agosto de 1949) condenando
decididamente la doctrina defendida en St Benedict's Center y Boston College,
según la cual todos los no católicos, a excepción de los catecúmenos, estarían
excluidos de la salvación. La carta repite en lo esencial las tesis correspondientes
de la encíclica Mystici Corporis de 29 de junio de 1942 (DS 3802 y 3821). Por lo
demás se mantiene también aquí ia condena de la proposición: "Homines in omni
religione aequaliter salvari posse" (3872). Respecto de la descripción del camino
de salvación de los no cristianos cabe comprobar cierta vacilación. Por una parte
se le hace consistir en que el hombre "voluntatem suam Dei voluntati
conformem velit" (3869); pero, por otra, se recalca que el desvo debe estar
informado perfecta caritate y se exige una fides supernaturalis (3872).
JOSEPH RATZINGER
EL NUEVO PUEBLO DE DIOS
HERDER 101 BARCELONA 1972 Págs. 375-399

viernes, 31 de agosto de 2007

CARDENAL RATZINGER: SI TODO ES RELATIVO, EL CRISTIANISMO NO TIENE SENTIDO.

Presentada la Declaración sobre el carácter único de la salvación de Jesús.

CIUDAD DEL VATICANO, (ZENIT.org).- Si todo es relativo, entonces no sólo el cristianismo, sino incluso todas las religiones, no son más que disquisiciones teóricas inútiles. Esta es la conclusión a la que llegó el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al presentar la declaración «Dominus Iesus», redactada por el organismo vaticano, en la que además, se relanza el diálogo ecuménico y entre las religiones sin ambigüedades.

Las religiones no son equiparables.

«En el vivaz debate contemporáneo sobre la relación entre el cristianismo y las demás religiones --aclaró el cardenal alemán--, se abre camino la idea de que todas las religiones son para sus seguidores caminos de salvación igualmente válidos. Se trata de una persuasión difundida hoy día no sólo en ambientes teológicos, sino también en sectores cada vez más amplios de la opinión pública católica y no católica, especialmente en los más influenciados por la orientación cultural que prevalece hoy en Occidente y que se puede definir --sin temor de ser desmentidos-- con una palabra: relativismo».
Ahora bien, si todo es relativo, si todas las religiones son equiparables, la consecuencia, según constató el cardenal es lógica: «El rechazo a identificar la figura histórica de Jesús de Nazaret con la realidad misma de Dios, del Dios vivo».

Falsa tolerancia.

Ratzinger, consideró que la filosofía relativista lleva, en última instancia, a la eliminación de la concepción cristiana de Cristo y de la Iglesia. En efecto, una falsa idea de tolerancia lleva «a marginar a quien se obstina en la defensa de la identidad cristiana y en su pretensión de difundir la verdad universal y salvífica de Jesucristo».
«Esta falsa idea de tolerancia está ligada a la pérdida y a la renuncia a la verdad, que hoy día es experimentada por muchos como una cuestión sin relevancia y de segunda categoría», añadió. Esta tolerancia, que todo lo acepta, y que se despreocupa por la verdad, se disfraza, según desenmascaró el purpurado, por la malformación de conceptos como el de democracia, diálogo o encuentro con las culturas.

¿Religiones relativas?.

Este es el punto débil de la cultura contemporánea: al no existir una búsqueda de la verdad, «la fe ya no se distingue de la superstición, y la experiencia de la ilusión». De este modo, aclaró el entonces cardenal que dirigía la Congregación de la Doctrina de la Fe, «sin una seria búsqueda de la verdad, el aprecio de las demás religiones se convierte en algo absurdo y contradictorio, pues no existe un criterio para constatar lo que es positivo de una religión, distinguiéndolo de lo que es negativo o fruto de la superstición y el engaño».

Diálogo.

Por lo que se refiere al diálogo con las demás religiones, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, teólogo que alcanzó prestigio mundial ya en el Concilio Vaticano II, precisó que la idea, según la cual, las religiones del mundo son complementarias a la revelación cristiana «es errónea». Ahora bien, «todo lo que hay de bueno y verdadero en las religiones no debe perderse, es más, debe ser reconocido y valorado. El bien y la verdad, allá donde se encuentre, proviene del Padre y es obra del Espíritu; las semillas del Logos están esparcidas por doquier. Pero no se pueden cerrar los ojos ante los errores y engaños que también están presentes en las religiones».
Por último, concluyó el cardenal Ratzinger, «la estima y el respeto por las religiones del mundo, así como por las culturas que han ofrecido un enriquecimiento objetivo a la promoción de la dignidad del hombre y al desarrollo de la civilización, no disminuye el carácter único y original de la revelación de Jesucristo y no limita ni mucho menos la tarea misionera de la Iglesia».

Magisterio de la Iglesia.

Monseñor Tarcisio Bertone, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, aclaró en la rueda de prensa que cuando el Vaticano publica una «declaración» «no está enseñando nuevas doctrinas, sino que más bien reafirma y resume la doctrina de la fe católica definida o enseñada en documentos precedentes del Magisterio de la Iglesia, indicando su recta interpretación, ante errores o ambigüedades doctrinales difundidos en el ambiente teológico y eclesial de hoy».
Por lo que se refiere a la autoridad de la declaración, monseñor Bertone explicó que «al tratarse de un documento doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, expresamente aprobado por el sumo pontífice, forma parte del magisterio universal. Por este motivo, aunque no es un acto propio del magisterio del sumo pontífice, refleja sin embargo su pensamiento, pues ha sido aprobado y confirmado explícitamente por el Papa, e indica también su voluntad de que su contenido sea considerado por toda la Iglesia, pues él mismo ha ordenado su publicación».
«Por tanto --concluyó--, a los fieles se les pide su asentimiento de carácter definitivo e irrevocable».

miércoles, 29 de agosto de 2007



EUROPA. SUS FUNDAMENTOS ESPIRITUALES AYER, HOY Y MAÑANA.

Conferencia pronunciada por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el 13 de mayo de 2004.


Europa. ¿Qué es exactamente? Esta pregunta de siempre, fue planteada expresamente por el cardenal Józef Glemp en uno de los círculos lingüísticos del Sínodo de obispos sobre Europa: ¿dónde comienza, dónde termina Europa? ¿Por qué, por ejemplo, Siberia no pertenece a Europa aunque también la habitan europeos, que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo? ¿Dónde se pierden las fronteras de Europa en el sur de la comunidad de los pueblos de Rusia? ¿Dónde está su límite en el Atlántico? ¿Qué islas pertenecen a Europa, y cuáles, en cambio, no? Y, ¿por qué? En estos encuentros se manifiesta claramente que sólo de modo secundario Europa es un concepto geográfico. Europa no es un continente netamente determinado en términos geográficos, sino más bien es un concepto cultural e histórico.


1. El surgimiento de Europa.


Esto se percibe con bastante evidencia si intentamos remontarnos a los orígenes de Europa. Quien habla del origen de Europa, cita normalmente a Heródoto (484-425 a.C. aproximadamente), quien, de hecho, es el primero en definir Europa como concepto geográfico; y lo hace así: "Los persas consideran Asia como su propiedad y los pueblos bárbaros que habitan en ella, mientras estiman que Europa y el mundo griego es un país distinto". No hace referencia a las fronteras de Europa, pero está claro que tierras que hoy son el núcleo de Europa estaban completamente fuera del campo visual del historiador antiguo.


De hecho, con la formación de los estados helenísticos y del imperio romano, se había formado un continente que se transformó en la base de la sucesiva Europa, pero que tenía otras fronteras: eran las tierras alrededor del Mediterráneo, que gracias a sus vínculos culturales, gracias al tráfico y al comercio, gracias al sistema político común, formaban un verdadero y particular continente.


Sólo el avance triunfal del Islam en el siglo VII y al inicio del siglo VIII trazó una frontera a lo largo del Mediterráneo; por así decirlo, la partió en dos, de tal manera que todo lo que hasta entonces era un continente se subdividía ahora en tres continentes: Asia, África y Europa.
En oriente, la transformación del mundo antiguo se realizó más lentamente que en occidente: el imperio romano, con Constantinopla como punto central, resistió hasta el siglo XV, aunque fue quedando cada vez más al margen. Mientras tanto, en torno al año 700, la parte meridional del Mediterráneo queda completamente fuera de lo que hasta ese entonces era un continente cultural. Al mismo tiempo se lleva a cabo una mayor extensión hacia el norte. El límite, que hasta entonces había sido un confín continental, desaparece y se abre hacia un nuevo espacio histórico que ahora abrazaría Galia, Germania, Bretaña como tierras-núcleo propiamente dichas, y se extiende cada vez más hacia Escandinavia.


En este proceso de cambio de los confines, la continuidad ideal con el precedente continente mediterráneo, medido geográficamente de un modo nuevo, tiene como garantía un modelo de teología de la historia: partiendo del libro de Daniel, se consideraba al Imperio Romano renovado y transformado por la fe cristiana como el último y permanente reino de la historia del mundo en general y, por tanto, se definía la trabazón de pueblos y estados que estaba en vías de formación como el permanente "Sacrum Imperium Romanum".


Este proceso de una nueva identificación histórica y cultural se realizó de manera totalmente consciente bajo el reino de Carlomagno. Aquí surge nuevamente el antiguo nombre de Europa, con un significado diverso: este vocablo se utilizaba incluso como definición del reino de Carlomagno, y expresaba, al mismo tiempo, la consciencia de la continuidad y de la novedad con que la nueva trabazón de estados se presentaba: como una fuerza con futuro. Con futuro porque se concebía en continuidad con lo que había sido la historia del mundo hasta entonces y anclada últimamente en lo que permanece para siempre.


Esta autocomprensión que se estaba formando se expresa al mismo tiempo en la consciencia de la definitividad, así como la de una misión.


Es verdad que el concepto de Europa casi desaparece nuevamente después del fin del reino carolingio y se conserva solamente en el lenguaje de los doctos; en el lenguaje popular sólo se usa al inicio de la época moderna -aunque en relación con el peligro de los Turcos, como modalidad de autoidentificación-, para imponerse en general en el siglo XVIII. Independientemente de esta historia del término, la constitución del reino de los francos como el imperio romano jamás desaparecido y entonces renacido, significa, de hecho, el paso decisivo hacia lo que nosotros entendemos hoy cuando hablamos de Europa.


Ciertamente no podemos olvidar que hay también una segunda raíz de la Europa, de una Europa no occidental: el imperio romano de hecho, como ya he mencionado, había resistido en Bizancio contra las tempestades de la migración de los pueblos y de la invasión islámica. Bizancio se percibía a sí misma como la verdadera Roma; es un hecho que aquí el imperio no había decaído jamás, razón por la cual seguía reivindicando la otra mitad del imperio, la occidental.


También este imperio romano de oriente se extendió ulteriormente hacia el norte, abarcando al mundo eslavo, y se creó un mundo propio, greco-romano, que se diferencia respecto a la Europa latina del occidente en virtud de la diversidad de su liturgia, de una constitución eclesiástica diferente, de una escritura diversa, y en virtud de la renuncia al latín como lengua común enseñada.


Ciertamente hay también suficientes elementos unificadores, que pueden hacer de los dos mundos un único, común continente: en primer lugar, la herencia común de la Biblia y de la Iglesia antigua, que, por otra parte, en ambos mundos hace referencia a una realidad que está más allá de sí misma, hacia un origen que ahora se encuentra fuera de Europa, es decir, en Palestina; en segundo lugar, la misma idea común de Imperio, la común comprensión de fondo de la Iglesia y, por tanto, también la comunión en las ideas fundamentales del derecho y de los instrumentos jurídicos; por último, yo mencionaría también el monaquismo, que en los grandes movimientos de la historia se ha mantenido como el vehículo esencial, no sólo de la continuidad cultural, sino, sobre todo, de los valores fundamentales religiosos y morales, de las orientaciones últimas del hombre, y en cuanto fuerza pre-política y super-política se transformó en el vehículo de los renacimientos siempre necesarios.


Entre las dos Europas, a pesar de la común y esencial herencia eclesial, hay sin embargo una profunda diferencia, cuya importancia ha quedado subrayada especialmente por Endre von Ivanka: en Bizancio, Imperio e Iglesia aparecen casi identificados el uno con el otro; el emperador también es el jefe de la Iglesia. Él se considera a sí mismo como representante de Cristo, y en unión con la figura de Melquisedec, que era al mismo tiempo rey y sacerdote (Gn 14 18), lleva desde el siglo VI el título oficial de "rey y sacerdote". Dado que a partir de Constantino el emperador había escapado de Roma, en la antigua capital del imperio pudo desarrollarse la posición autónoma del obispo de Roma, como sucesor de Pedro y pastor supremo de la Iglesia; aquí ya desde el inicio de la era constantiniana se enseñó una dualidad de potestad: emperador y papa tienen de hecho potestades separadas, ninguno dispone de la totalidad. El papa Gelasio I (492-496) formuló la visión de occidente en su famosa carta al emperador Anastasio y, todavía más claramente, en su cuarto tratado, donde ante la tipología bizantina de Melquisedec subraya que la unidad de las potestades está exclusivamente en Cristo: "él, de hecho, a causa de la debilidad humana (¡soberbia!) Ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios de manera que ninguno se ensoberbezca" (c. 11). Para las cosas de la vida eterna los emperadores cristianos tienen necesidad de los sacerdotes (pontífices) y éstos, a su vez, se atienen para el curso temporal de las cosas, a las disposiciones imperiales. Los sacerdotes deben seguir en las cosas mundanas las leyes del emperador, puesto por querer divino, mientras éste debe someterse en las cosas divinas al sacerdote. Con esto se introdujo la separación y distinción de las potestades, que fue de máxima importancia para el desarrollo sucesivo de Europa, y que, por así decirlo, puso los fundamentos de lo que es propiamente típico de Occidente.


Ya que de ambas partes, ante tales delimitaciones, siempre permaneció vivo el impulso a la totalidad, la codicia de imponer el poder propio sobre el del otro, este principio de separación se convirtió también en fuente de sufrimientos infinitos. La manera en que se debe vivir correctamente y concretar política y religiosamente este principio sigue siendo un problema fundamental, incluso para la Europa de hoy y de mañana.


2. El viraje hacia la época moderna.


Si a partir de cuanto he dicho hasta ahora podemos considerar el surgimiento del imperio carolingio de una parte, y la continuación del imperio romano en Bizancio y su misión hacia los pueblos eslavos por otra, como el verdadero y propio nacimiento del continente Europa, el inicio de la época moderna significa para ambas Europas un viraje, un cambio radical que concierne tanto a la esencia de este continente como a sus contornos geográficos.


En 1453 Constantinopla fue conquistada por los turcos. O. Hiltbrunner comenta este acontecimiento de manera lacónica: "los últimos... doctos emigraron... hacia Italia y transmitieron a los humanistas del Renacimiento el conocimiento de los textos originales griegos; sin embargo, oriente se hundió en la ausencia de cultura". Esta afirmación puede ser un poco burda, ya que, de hecho, también el reino de la dinastía de los Osman tenía su cultura; pero es cierto que la cultura greco-cristiana europea de Bizancio tuvo su fin con esta invasión. De este modo, una de las dos alas de Europa estuvo a punto de desaparecer, pero la herencia bizantina no estaba muerta: Moscú se declara a sí misma como la tercera Roma, funda entonces un propio patriarcado sobre la base de la idea de una segunda "translatio imperii" y se presenta, por tanto, como una nueva metamorfosis del "Sacrum Imperium" -como una forma propia de Europa, que, sin embargo, permaneció unida con occidente y se orientó cada vez más hacia él, hasta el punto de que Pedro el Grande intentó convertirla en un país occidental-. Este movimiento hacia el norte de la Europa bizantina implicó también un amplio movimiento hacia oriente de las fronteras del continente. El establecimiento de los Urales como frontera es sumamente arbitrario. De cualquier forma, el mundo que quedaba a su oriente se convirtió cada vez más en una especie de subestructura de Europa -ni Asia ni Europa-; esencialmente forjado por Europa, pero sin participar de su carácter de sujeto: objeto, pero no vehículo de su historia. Quizás con esto se define la esencia de un estado colonial.


Por tanto, al inicio de la época moderna, podemos hablar, en la Europa bizantina, no occidental, de un doble acontecimiento: por una parte se da la disolución del antiguo Bizancio con su continuidad histórica en relación con el Imperio Romano; por otra parte, esta segunda Europa obtuvo con Moscú un nuevo centro y amplió sus confines hacia oriente, para erigir en Siberia una especie de pre-estructura colonial.


Contemporáneamente, también podemos constatar en occidente un doble proceso con un significado histórico notable. Gran parte del mundo germánico se separa de Roma; surge una nueva forma iluminada de cristianismo, de modo que, por medio de occidente, se crea a partir de entonces una línea de separación que forma también claramente una frontera cultural, un confín entre dos diversos modos de pensar y relacionarse. Ciertamente, también dentro del mundo protestante hay una fractura: en primer lugar entre luteranos y reformados, a los cuales se asocian los metodistas y presbiterianos, mientras la Iglesia anglicana busca formar un camino intermedio entre católicos y evangélicos; a esto se añade también la diferencia entre el cristianismo bajo la forma de una iglesia de Estado, que llega a ser un distintivo de Europa, e iglesias libres, que encuentran su espacio de refugio en Norteamérica, tema éste del que debemos volver a hablar.


Pongamos atención, en primer lugar, al segundo acontecimiento, que caracteriza esencialmente la situación de la época moderna, diferenciándola de la que era la Europa latina: el descubrimiento de América. A la extensión de Europa hacia el este, gracias a la progresiva extensión de Rusia hacia Asia, corresponde la radical salida de Europa más allá de sus confines geográficos hacia el mundo que está más allá del océano, que ahora se llama América. La subdivisión de Europa en una mitad latino-católica y una mitad germánico-protestante se transfirió y repercutió sobre esta parte de tierra ocupada por Europa. También América fue al inicio una Europa ampliada, una colonia, pero ella también se crea --contemporáneamente a la agitación europea provocada por la Revolución Francesa-- su propio carácter de sujeto: desde el siglo XIX en adelante, aunque forjada en sus aspectos profundos por su nacimiento europeo, América se presenta ante Europa como un sujeto propio.


En este intento de conocer la identidad más profunda e interior de Europa a través de una mirada histórica, hemos tomado en consideración dos virajes históricos fundamentales: el primero es la disolución del viejo continente mediterráneo, por obra del continente del "Sacrum Imperium", colocado más hacia el norte, en el que se forma Europa a partir de la época carolingia como mundo occidental-latino, junto a éste está la continuación de la vieja Roma en Bizancio, con su extensión hacia el mundo eslavo. Como segundo paso, hemos observado la caída de Bizancio y, por una parte, el consiguiente traslado hacia el norte y hacia el este de la idea cristiana de imperio de una parte de Europa, y, por otra parte, la división interna de Europa en un mundo germánico-protestante y un mundo latino-católico. Además de esto, se encuentra la expansión hacia América, a la que se trasfiere esta división y que, al final, se constituye como un sujeto histórico propio que está ante Europa.


Ahora debemos considerar un tercer viraje, cuyo faro más visible lo constituye la Revolución francesa. Es verdad que el "Sacrum Imperium" como realidad política se estaba disolviendo desde el final de la Edad Media y se había vuelto cada vez más frágil, incluso como válida e indiscutible interpretación de la historia; pero sólo entonces este marco espiritual se fragmenta también formalmente, este marco espiritual sin el cual Europa no habría podido formarse. Es un proceso de considerable importancia, tanto desde el punto de vista político como ideal. Desde el punto de vista ideal, esto significa que se rechaza el fundamento sacro de la historia y de la existencia estatal: la historia ya no se mide de acuerdo con una idea de Dios precedente a ella y que le da forma; el Estado es considerado, a partir de entonces, en términos puramente seculares, fundado en la racionalidad y en la voluntad de los ciudadanos.


Por primera vez en absoluto surge en la historia el Estado puramente secular, que abandona y deja a un lado la garantía divina y la normativa divina del elemento político, considerándolo como una visión mitológica del mundo y declara al mismo Dios como una cuestión privada, que no es parte de la vida pública y de la formación de la voluntad común. Ésta es concebida únicamente como un asunto de la razón, para la cual Dios no aparece claramente cognoscible: religión y fe en Dios pertenecen al ámbito del sentimiento, no al de la razón. Dios y su voluntad cesan de ser relevantes en la vida pública.


De este modo surge, con el fin del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX, un nuevo tipo de cisma, cuya gravedad percibimos cada vez más netamente. En alemán, este proceso no tiene ningún término, ya que se ha desarrollado más lentamente. En las lenguas latinas es caracterizado como división entre cristianos y laicos. En los últimos dos siglos esta laceración ha penetrado en las naciones latinas como una fractura profunda, mientras el cristianismo protestante, al inicio, tuvo una vida fácil al conceder dentro de sí espacio a las ideas liberales e ilustradas, sin destruir el marco de un amplio consenso cristiano.


El aspecto de política realista de la disolución de la antigua idea de imperio consiste en esto: las naciones, los estados, que son identificables como tales gracias a la formación de ámbitos lingüísticos unitarios, aparecen definitivamente como los únicos y verdaderos portadores de la historia, y, por tanto, obtienen un rango que antes no les correspondía.


El dramatismo explosivo de este sujeto histórico, plural, se muestra en el hecho de que las grandes naciones europeas se consideraban depositarias de una misión universal, que necesariamente debía llevar a conflictos entre ellas, cuyo impacto mortal lo hemos experimentado dolorosamente en el siglo recién pasado.


3. La universalización de la cultura europea y su crisis.


Finalmente debemos considerar un proceso ulterior, con el cual la historia de los últimos siglos avanza claramente hacia un mundo nuevo. Si la vieja Europa precedente a la época moderna, en sus dos mitades había conocido esencialmente sólo un adversario, con el cual debía confrontarse para la vida y para la muerte, es decir, el mundo islámico; si el viraje de la época moderna había llevado a la extensión hacia América y hacia partes de Asia sin grandes sujetos culturales propios, ahora tiene lugar la salida hacia los dos continentes hasta ahora tocados sólo marginalmente: África y Asia, que trataron de transformarse en sucursales de Europa, en colonias. Hasta cierto punto, esto también se logró, pues ahora también Asia y África siguen el ideal del mundo forjado por la técnica y el bienestar, de tal modo que también allí las antiguas tradiciones religiosas entran en crisis y estratos de pensamiento puramente secular dominan siempre más la vida pública.


Pero hay también un efecto contrario: el renacimiento del Islam no está solamente unido a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que también se alimenta por la conciencia de que el Islam es capaz de ofrecer una base espiritual válida para la vida de los pueblos, una base que parece haberse escapado de la mano de la vieja Europa, que, no obstante su duradera potencia política y económica, se ve, cada vez más, como condenada al declino y al obscurecimiento.


Las grandes tradiciones religiosas de Asia, sobre todo su componente mística, que encuentra expresión en el budismo, se elevan también como potencias espirituales contra una Europa que reniega de sus fundamentos religiosos y morales. El optimismo acerca de la victoria del elemento europeo, que Arnold Toynbee podía sostener todavía al inicio de los años sesenta, aparece hoy extrañamente superado: "de 28 culturas que nosotros hemos identificado... 18 están muertas y nueve de las restantes; de hecho, todas menos la nuestra muestran que están golpeadas de muerte".


¿Quién repetiría hoy todavía las mismas palabras? Y, en general, ¿qué es nuestra cultura, la que todavía permanece? La cultura europea, ¿es quizás la civilización de la técnica y del comercio difundida victoriosamente por el mundo entero? ¿O no es esta civilización más bien la nacida de manera post-europea por el fin de las antiguas culturas europeas?
Yo veo aquí una sincronía paradójica: con la victoria del mundo técnico-secular post-europeo, con la universalización de su modelo de vida y de su manera de pensar, se da en todo el mundo -especialmente en los mundos estrictamente no-europeos de Asia y África- la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, ha llegado al final y esté saliendo del escenario; da la impresión de que ha llegado la hora de los sistemas de valores de otros mundos, de la América precolombina, del Islam, de la mística asiática.


Europa, justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, dependiendo por así decirlo, de trasplantes, que sin embargo no pueden eliminar su identidad. A esta disminución interior de las fuerzas espirituales importantes corresponde el hecho de que también étnicamente Europa parece que recorre el camino de la desaparición.


Hay una extraña falta de deseo de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. No se les experimenta como una esperanza, sino como un límite para el presente. Se impone la comparación con el Imperio Romano en declive: funcionaba todavía como gran armazón histórico, pero en la práctica vivía ya de quienes debían disolverlo, porque a él mismo ya no le quedaba ninguna energía vital.


Con esto hemos llegado a los problemas del presente. En cuanto al posible futuro de Europa hay dos diagnósticos contrapuestos.


Por una parte, está la tesis de Oswald Spengler, quien creía poder fijar una especie de ley natural para las grandes expresiones culturales: existe un momento de nacimiento, crecimiento gradual, florecimiento, lento entorpecimiento, envejecimiento y muerte. Spengler enriquece su tesis -de modo impresionante-, con documentación entresacada de la historia de las culturas, documentación en la que se puede entrever esta ley del decurso natural. Su tesis era que Occidente ha alcanzado su época final, que este continente cultural está corriendo inexorablemente al encuentro con la muerte, a pesar de todos los intentos de rechazarla. Naturalmente, Europa puede transmitir sus dones a una nueva cultura emergente, como ya ha sucedido en los precedentes ocasos de una cultura, pero como sujeto, ella tiene ya su tiempo de vida a las espaldas.


Esta tesis -definida como "biologista"- ha encontrado opositores apasionados en el tiempo de entreguerras, especialmente en el ámbito católico; Arnold Toynbee se opuso a ella de manera impresionante, aunque con postulados que encuentran actualmente poca resonancia. Toynbee muestra la diferencia entre progreso técnico-material de una parte y progreso real de otra. Define este último como espiritualización. Admite que Occidente -el mundo occidental- se encuentra en una crisis, y su causa sería el hecho de que se ha pasado de la religión al culto a la técnica, a la nación, al militarismo. La crisis, para él, significa al final secularismo.
Si se conoce la causa de la crisis, se puede indicar también el camino hacia la curación: se debe introducir nuevamente el factor religioso, del que forma parte, según él, la herencia religiosa de todas las culturas, pero, especialmente, lo "que ha quedado del cristianismo occidental". Aquí se contrapone a la visión "biologista" una visión "voluntarista", que apunta a la fuerza de las minorías creativas y a las personalidades singulares y excepcionales.


La pregunta que se plantea es: ¿es justo este diagnóstico? Y si lo es, ¿está en nuestras manos introducir nuevamente el momento religioso, en una síntesis de cristianismo residual y herencia religiosa de la humanidad? En todo caso, la cuestión entre Spengler y Toynbee permanece abierta porque no podemos ver el futuro. Pero independientemente de todo eso, se impone la tarea de preguntarnos qué es lo que puede garantizar el futuro y mantener viva la identidad interior de Europa a través de todas las metamorfosis históricas. O más simplemente: qué podría ofrecer --tanto para hoy como mañana-- la dignidad humana y una existencia conforme a ella.


Para encontrar una respuesta debemos echar de nuevo un vistazo a nuestro presente teniendo en cuenta sus raíces históricas. Anteriormente nos habíamos detenido en la Revolución Francesa y en el siglo XIX. Durante este tiempo se han desarrollado sobre todo dos nuevos modelos europeos. En las naciones latinas el modelo laicista: un Estado netamente separado de los organismos religiosos, que son relegados al ámbito privado. El mismo Estado rechaza cualquier fundamento religioso y se sabe fundado solamente sobre la razón y sus intuiciones. Frente a la flaqueza de la razón, estos sistemas se han revelado frágiles y se convierten con facilidad en víctimas de las dictaduras; sobreviven, propiamente, sólo porque partes de la vieja conciencia moral continúan subsistiendo aun sin los fundamentos precedentes, permitiendo así un consenso moral básico. Por otra parte, en el mundo germánico, existen de manera diferenciada los modelos de Iglesia de Estado del protestantismo liberal. En ellos una religión cristiana iluminada, esencialmente concebida como moral -y con formas de culto resguardadas por el Estado- garantiza un consenso moral y un fundamento religioso amplio, al que cada religión que no es del Estado debe adecuarse. Este modelo en Gran Bretaña, en los estados escandinavos y en un primer momento en la Alemania dominada por los prusianos aseguró durante mucho tiempo una cohesión estatal y social. En Alemania, sin embargo, la caída del cristianismo de Estado prusiano creó un vacío, que después se ofreció igualmente como vacío para el surgimiento de una dictadura. Hoy en día, las iglesias de Estado han caído en todas partes, víctimas del desgaste: de cuerpos religiosos que son derivaciones del Estado ya no proviene ninguna fuerza moral, y el mismo Estado no puede crear una fuerza moral, sino que la debe presuponer para después construir sobre ella.


Entre estos dos modelos se colocan los Estados Unidos de Norteamérica, que por una parte --formados sobre la base de las iglesias libres-- parten de un rígido dogma de separación y por otra parte --más allá de las denominaciones individuales--, se caracterizan por un consenso de fondo cristiano-protestante no forjado en términos confesionales. Consenso que se vinculaba a una particular conciencia de la misión de tipo religioso frente al resto del mundo. De este nodo, daba al factor religioso un significativo peso público, que en cuanto fuerza pre-política y supra-política podía ser determinante para la vida política. Ciertamente no se puede esconder que también en los Estados Unidos la disolución de la herencia cristiana avanza incesantemente, mientras que al mismo tiempo el rápido aumento del elemento hispánico y la presencia de tradiciones religiosas provenientes de todo el mundo cambian el panorama. Se podría observar también que los Estados Unidos promueven ampliamente la protestantización de América Latina y, de ese modo, la disolución de la Iglesia católica a través de la formación de iglesias libres. Todo ello porque tienen la convicción de que la Iglesia católica no puede asegurar un sistema político y económico estable, ya que fracasa como educadora de las naciones. En cambio, esperan que el modelo de las iglesias libres haga posible un consenso moral y una formación democrática de la voluntad pública, similares a aquellos característicos de los Estados Unidos. Para complicar todavía más el panorama, se debe admitir que actualmente la Iglesia católica forma la comunidad religiosa más grande de los Estados Unidos. Esta Iglesia, en su vida de fe, está decididamente del lado de la identidad católica. Sin embargo, los católicos, por lo que se refiere a la relación entre Iglesia y política han recibido las tradiciones de las iglesias libres, es decir, que una Iglesia que no se confunda con el Estado garantiza mejor los fundamentos morales del todo, de forma que la promoción del ideal democrático aparece como un deber moral profundamente conforme a la fe. En una posición similar, se puede ver una continuación, adecuada a los tiempos, del modelo del Papa Gelasio, del que se ha hablado anteriormente.


Regresemos a Europa. A los dos modelos de los que he hablado anteriormente se le añadió en el siglo XIX, un tercero: el socialismo, que rápidamente se subdividió en dos vías diversas: la totalitaria y la democrática.


El socialismo democrático fue capaz, desde el inicio, de integrarse dentro de los dos modelos existentes, como un sano contrapeso frente a las posiciones liberales radicales, enriqueciéndolas y corrigiéndolas. Esto se reveló como algo que iba más allá de las confesiones: en Inglaterra era el partido de los católicos, que no podían sentirse a gusto ni en el campo protestante-conservador, ni en el liberal. También, en la Alemania guillermina el centro católico podía sentirse más cercano al socialismo democrático que a las fuerzas conservadoras rígidamente prusianas y protestantes. En muchos aspectos el socialismo democrático estaba y está cerca de la doctrina social católica; en todo caso, ha contribuido considerablemente a la formación de una conciencia social.


Sin embargo, el modelo totalitario se vinculaba a una filosofía de la historia rígidamente materialista y atea: la historia se comprende deterministamente como un proceso de progreso que pasa a través de la fase religiosa y de la liberal para alcanzar la sociedad absoluta y definitiva, en la que la religión, como residuo del pasado, se supera y el funcionamiento de las condiciones materiales puede garantizar la felicidad de todos. El aparente carácter científico esconde un dogmatismo intolerante: el espíritu es producto de la materia; la moral es producto de las circunstancias y debe definirse y practicarse de acuerdo con los objetivos de la sociedad; todo lo que sirve para favorecer la llegada de un Estado final feliz es moral. La inversión de los valores que habían construido Europa es completa. Aún más, se da una fractura frente a la tradición moral de toda la humanidad: ya no hay valores independientes de los objetivos del progreso; en un momento dado todo puede permitirse e incluso resultar necesario, puede ser moral en el sentido nuevo del término. Incluso el hombre puede llegar a ser un instrumento; no cuenta el individuo. Sólo el futuro llega a ser la terrible divinidad que dispone de todos y de todo.
Los sistemas comunistas, mientras tanto, han naufragado sobre todo por su falso dogmatismo económico. Pero se olvida demasiado fácilmente el hecho de que han naufragado sobre todo por su desprecio de los derechos humanos, por su subordinación de la moral a las exigencias del sistema y a sus promesas de futuro. La verdadera y propia catástrofe que han dejado a sus espaldas no es de naturaleza económica; consiste en el desecamiento de las almas, en la destrucción de la conciencia moral. Veo esto como un problema esencial del momento actual para Europa y para el mundo: nadie cuestiona el naufragio económico, y por eso sin dudarlo los ex-comunistas se han vuelto liberales en economía. Sin embargo, la problemática moral y religiosa, el problema de fondo, es casi totalmente removida de la consideración.


La problemática dejada tras de sí por el marxismo continúa existiendo hoy: la disolución de las certezas primordiales del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el universo. Esta disolución de la conciencia de los valores morales intangibles es precisamente ahora nuestro problema y puede conducir a la autodestrucción de la conciencia europea que debemos comenzar a considerar -independientemente de la visión del ocaso de Spengler- como un peligro real.


4. ¿En qué punto estamos hoy?.


Así nos encontramos ante la cuestión: ¿cómo deberían continuar las cosas? En los violentos trastornos de nuestro tiempo, ¿hay una identidad de Europa que puede tener un futuro y por la cual podamos comprometernos con todo nuestro ser? No estoy preparado para entrar en una discusión detallada sobre la futura Constitución europea. Sólo quisiera indicar brevemente los elementos morales fundamentales que, en mi opinión, no deberían faltar.


Un primer elemento es el carácter incondicional con que la dignidad humana y los derechos humanos deben presentarse como valores que preceden a cualquier jurisdicción estatal. Estos derechos fundamentales no son creados por el legislador ni son conferidos a los ciudadanos, "sino más bien existen por derecho propio, siempre han de ser respetados por el legislador, a quien le son dados previamente como valores de orden superior". Esta validez de la dignidad humana previa a cualquier actuar político y a toda decisión política nos remite al Creador: sólo Él puede establecer valores que se fundan en la esencia del hombre y que son intangibles. Que existan valores que no son manipulables por nadie es la garantía verdadera y propia de nuestra libertad y de la grandeza humana; la fe cristiana ve en esto el misterio del Creador y de la condición de imagen de Dios que Él ha conferido al hombre.


Ahora bien, hoy en día casi nadie negará directamente la preeminencia de la dignidad humana y de los derechos humanos fundamentales respecto a toda decisión política; son aún demasiado recientes los horrores del nazismo y de su teoría racista. Pero en el ámbito concreto del así llamado progreso de la medicina, hay amenazas muy reales para estos valores: sea que pensemos en la clonación, sea que pensemos en la conservación de fetos humanos para la investigación y donación de órganos, sea que pensemos en todo el ámbito de la manipulación genética -la lenta consunción de la dignidad humana que aquí nos amenaza no puede ser desconocida por nadie. A esto se añaden, de manera creciente, el tráfico de personas humanas, las nuevas formas de esclavitud, el negocio del tráfico de órganos humanos para trasplantes. Siempre se aducen finalidades buenas, para justificar lo injustificable. En estos sectores, hay algunos puntos firmes en la Carta de los derechos fundamentales de los que podemos alegrarnos, pero en puntos importantes resulta demasiado vaga, mientras que es propiamente en estos puntos donde se arriesga la seriedad del principio que está en juego.


Resumiendo: fijar por escrito el valor y la dignidad del hombre, la libertad, igualdad y solidaridad con las afirmaciones de fondo de la democracia y del estado de derecho, implica una imagen del hombre, una opción moral y una idea de derecho que no son para nada obvias, pero que de hecho son factores fundamentales de identidad de Europa. Estos principios deberían garantizarse, también, en sus consecuencias concretas y sólo se pueden defender si se forma siempre nuevamente una conciencia moral correspondiente.


Un segundo punto en donde aparece la identidad europea es el matrimonio y la familia. El matrimonio monógamo, como estructura fundamental de la relación entre hombre y mujer y, al mismo tiempo, como célula en la formación de la comunidad estatal, se ha forjado a partir de la fe bíblica. Éste dio a Europa, tanto a la occidental como a la oriental, su rostro particular y su particular humanidad, también y precisamente porque la forma de fidelidad y de renuncia delineada en ella siempre debió conquistarse nuevamente, con muchas fatigas y sufrimientos. Europa no sería Europa, si esta célula fundamental de su edificio social desapareciese o se cambiase algo de su esencia. La Carta de los derechos fundamentales habla de derecho al matrimonio, pero no expresa ninguna protección jurídica y moral específica para él, y ni siquiera lo define de forma más precisa. Todos sabemos cuán amenazados están el matrimonio y la familia tanto mediante el vaciamiento de su indisolubilidad a través de formas cada vez más fáciles de divorcio, como por un nuevo comportamiento que va difundiéndose cada vez más: la convivencia de hombre y mujer sin la forma jurídica del matrimonio. En notable contraste con todo esto, existe la petición de comunión de vida de los homosexuales, quienes ahora paradójicamente exigen una forma jurídica, que debe equipararse más o menos al matrimonio. Con esta tendencia se sale del complejo de la historia moral de la humanidad, que a pesar de toda la diversidad de formas jurídicas del matrimonio, sabía siempre que éste, según su esencia, es la particular comunión de hombre y mujer, que se abre a los hijos y así a la familia. No se trata de discriminación, sino de la pregunta sobre qué es la persona humana en cuanto hombre y mujer y cómo la convivencia de hombre y mujer puede formalizarse jurídicamente. Si, por una parte, su convivencia se separa cada vez más de las formas jurídicas, si, por otra parte, se ve la unión homosexual como participante del mismo rango del matrimonio, entonces estamos ante una disolución de la imagen del hombre, cuyas consecuencias sólo pueden ser extremadamente graves.


Mi último punto es la cuestión religiosa. No quisiera entrar aquí en las complejas discusiones de los últimos años, sino poner de relieve sólo un aspecto fundamental para todas las culturas: el respeto de a lo que es sagrado para otra persona, y particularmente el respeto por lo sagrado en el sentido más alto, por Dios. Es lícito suponer que se pueden encontrar este respeto en quien no está dispuesto a creer en Dios. Donde se quebrante este respeto, se pierde algo esencial en la sociedad. En la sociedad actual, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de Cristo y de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como el bien supremo, cuya limitación resulta una amenaza o incluso una destrucción de la tolerancia y la libertad en general. Sin embargo, la libertad de opinión tiene su límite en que no puede destruir el honor y la dignidad del otro; no hay libertad para mentir o para destruir los derechos humanos.


Occidente siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede considerarse como algo patológico; occidente sí intenta laudablemente abrirse, lleno de comprensión a valores externos, pero ya no se ama a sí mismo; sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo, al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva -ciertamente crítica y humilde- aceptación de sí misma, si quiere verdaderamente sobrevivir. A veces, la multiculturalidad, que se estimula y favorece continua y apasionadamente, se transforma en abandono y negación de lo que le es propio, una fuga de las cosas propias. Pero la multiculturalidad no puede subsistir sin constantes en común, sin puntos de referencia a partir de valores propios. Seguramente no puede subsistir sin respeto de lo que es sagrado. De ella forma parte el andar al encuentro con respeto a los elementos sagrados del otro, pero esto podemos hacerlo sólo si lo sagrado, Dios, no nos es extraño a nosotros mismos. Ciertamente, podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero justamente ante los demás y por los demás, es deber nuestro nutrir en nosotros mismos el respeto ante lo que es sagrado y mostrar el rostro de Dios que se nos ha aparecido --del Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.


Si no hacemos esto, no sólo renegamos de la identidad de Europa, sino que se desvanece un servicio a los demás al que ellos tienen derecho. Para las culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por lo tanto, justamente la multiculturalidad nos llama a entrar nuevamente en nosotros mismos.


No sabemos cómo será el futuro de Europa. La Carta de los derechos fundamentales puede ser un primer paso, un signo de que Europa busca nueva y conscientemente su alma. En esto hace falta darle la razón a Toynbee: el destino de una sociedad depende siempre de minorías creativas. Los cristianos creyentes deberían concebirse a sí mismos como tal minoría creativa y contribuir a que Europa recobre nuevamente lo mejor de su herencia y esté así al servicio de toda la humanidad.